jueves, 13 de noviembre de 2014

GRANDES LLANURAS

Desde la desembocadura del río Danubio hasta las laderas del Altai se extiende un amplio territorio, prácticamente llano en su totalidad, en el que predomina el clima continental en todas sus variantes, desde la más húmeda hasta la más seca. Esta diversidad del clima continental permite que en esas inmensas llanuras existan una variedad de paisajes que de Norte a Sur son: el bosque de coníferas, la pradera, la estepa y el desierto. Estas llanuras se prolongan hacia el Norte por una gran parte de Siberia y acaban brúscamente por el Sur al pie del Altai, los montes Tian-Shan  la cordillera del Hindu Kush y el Cáucaso.



En general el clima de estas vastas llanuras, por sus extremos rigores, no es favorable a la actividad agrícola; es el pastoreo y la ganadería en general la actividad que más posibilidades de éxito tiene en aquellas tierras de fríos extremos y calores abrasadores. Esta forma de vida es la causa de que durante miles de años la inmensa mayoría de la población de este territorio haya practicado el nomadismo, sin llegar a establecerse en asentamientos permanentes. También por esta razón la formación de Estados organizados con una compleja administración fue tardía, permaneciendo durante mucho tiempo la organización política en una estructura de pequeños grupos integrados por individuos vinculados por lazos de parentela y confederados con otros grupos del mismo carácter.
Heródoto, en su libro I de Historia, narra como el rey persa Ciro intentó someter al pueblo de los maságetas, que habitaban más allá del río Araxes (Amu-Daria). Según el historiador griego los maságetas eran una rama de los escitas, habitantes de las grandes llanuras de Europa y Asia. En este pasaje nombra al Mar Caspio, cerca del cual vivían los maságetas y del cual dice quetiene una longitud de quince días de navegación a remo y una anchura de ocho días. Según Heródoto, en tiempos de Ciro el rey de los maságetas había muerto y era su esposa, la reina, quién los dirigía. Ciro, al mando de su ejército cruzó el Araxes para enfrentarse con los maságetas, pero estos, por sorpresa, le atacaron y derrotaron a una parte del ejército persa que se encontraba acampado; ansiosos por tomar el botín los maságetas no se retiraron y Ciro contraatacó, vengando la derrota anterior. En la batalla fue capturado el príncipe Espargapises, hijo de la reina de los maságetas, el cual, viéndose preso, se suicidó. Furiosos, los maságetas atacaron en masa a los persas y se libró una violenta batalla en la cual murió Ciro el Grande, constructor del Imperio Persa.

                                             El historiador griego Heródoto.

Ciro murió el año 530 a. C., y el relato de Heródoto es una de las primeras noticias que tienen los griegos sobre los habitantes de las orillas del Mar Caspio. Según el historiador de Halicarnaso:
"Los maságetas, por cierto, llevan una vestimenta y tienen un género de vida similar al escita. Combaten a caballo y sin él (pues dominan ambas modalidades); son también arqueros y lanceros y suelen llevar sagaris. Emplean, para todo oro, y bronce; así, para las puntas de las lanzas, de los dardos y para las sagaris emplean siempre bronce; mientras que, las protecciones de la cabeza, los cintos y los coseletes los adornan con oro. Asimismo, protegen el pecho de los caballos con petos de bronce y emplean oro para adornar frenos, riendas y testeras."
 Como podemos comprobar, escitas y maságetas, habitantes de las grandes llanuras, eran amantes del lujo en el atuendo y en los objetos de uso diario, cosa habitual y comprensible en aquellos que por ser nómadas no pueden invertir su riqueza en bienes inmuebles.

                    Escita trabando a su caballo.

Heródoto sigue diciendo de los maságetas:
"No siembran nada, sino que viven de sus rebaños y de la pesca que obtienen en abundancia del río Araxes. Su bebida es la leche. El único dios que adoran es el Sol, a quien sacrifican caballos. La razón de este sacrificio es la siguiente: al más rápido de los dioses le ofrendan el animal más rápido de todos."

                                           Jinete escita en un tapiz mural hallado en Pazirik.

Heródoto afirma en su libro I de Historia que los maságetas son un pueblo perteneciente a la gran nación de los escitas. pero después, en su libro IV dice lo siguiente:
"Los escitas, unos nómadas que habitaban en Asia, se vieron en dificultades, en el curso de una guerra, por la acción de los maságetas, así que cruzaron el río Araxes y se dirigieron hacia Cimeria (pues, según cuentan, el territorio que en la actualidad ocupan los escitas pertenecía antaño a los cimerios)."

Así pues, escitas y maságetas eran pueblos diferentes, pero tenían su origen en un mismo tronco, tenían costumbres semejantes, eran nómadas y vagaban por las amplias llanuras euroasiáticas. Los cimerios se vieron obligados a abandonar sus tierras al Norte del Mar Negro e invadieron a finales del Siglo VIII a. C. la Península de Anatolia, amenazando desde allí al Imperio  Asirio; a mediados del Siglo VII a. C. dominaban  toda Anatolia; sin embargo, fueron incapaces de crear un Estado organizado en aquellos territorios.
Según Heródo, el rey Darío de Persia llevó a cabo una expedición con la excusa de vengarse de los escitas que, persiguiendo a los cimerios, habían irrumpido en Media y habían sometido durante años a las gentes que vivían en la cordillera del Zagros; allí permanecieron asentados durante décadas, hasta que regresaron a las llanuras. De la misma forma, reconoce que todos ignoran lo que hay al Norte del país de los cimerios, tierra ignota cuyos límites eran desconocidos.


Sin embargo, lo más probable es que los escitas bajaran hasta Media, no persiguiendo a los cimerios, sino para apoyar al rey asirio Assarhaddón en su guerra contra los medos. Esto último ocurrió hacia 670 a. C. Por esta causa es poco probable que Darío I llevase a cabo su expedición para vengar hechos que habían ocurrido 150 años antes; más bien su intención fue entrar en tierras de los escitas para evitar posibles futuras invasiones de aquellos pueblos de las llanuras. Darío cruzó el Bósforo con un imponente ejército y poco después cruzó el Danubio, pero los escitas, aliados a otros pueblos del Norte del Mar Negro, se retiraron hacia el interior de las llanuras eludiendo el combate directo. Finalmente, Darío regresó por donde había venido sin haber alcanzado sus objetivos, tras una penosa retirada a través del país de los escitas.

                             Guerreros escitas en un bajorrelieve persa.

Entre los pueblos de allende el Mar Negro que hicieron alianza con los escitas se encontraban los budinos y los gelonos; de ellos dice Heródoto lo siguiente:
"Por su parte, los budinos, que constituyen un pueblo potente y numeroso, tienen todos los ojos intensamente azules y la tez rubicunda. En su país hay edificada una ciudad de madera, cuyo nombre es Gelono. Cada lado de su perímetro defensivo tiene una longitud de treinta estadios; es, además, alto y todo él de madera, al igual que las casas y los santuarios de sus habitantes."

Poco después continúa diciendo Heródoto:
"Los budinos, en cambio, no hablan la misma lengua que los gelonos ni tienen el mismo género de vida, ya que aquellos, que constituyen un pueblo autóctono, son nómadas."

Al parecer Heródoto consideraba la ciudad de Gelono como una especie de puesto comercial habitado por forasteros asentados en las llanuras.
Sin embargo, el pueblo más poderoso que forma alianza con los escitas son los sármatas, o saurómatas, que es como los llama Heródoto. Según él, los sármatas descienden de la convivencia entre los escitas y las amazonas. Por supuesto que esto último es una leyenda que recoge de oídas el historiador griego. Lo más probable es que escitas y sármatas tuviesen orígenes próximos y costumbres semejantes; según Heródoto, hablaban la misma lengua que los escitas.

                   Diadema sármata encontrada en Khokhlach. Siglo I d. C.

 La descripción que hace Heródoto de los escitas es el paradigma de la barbarie. Vivían permanentemente en carros y a lomo de sus caballos, bebían la sangre de su primer enemigo muerto, cortaban las cabezas de sus enemigos vencidos para echar cuentas más fácilmente en el reparto del botín, colgaban las cabelleras de sus rivales muertos de las bridas de sus caballos, utilizaban la piel de sus enemigos para confeccionar sus vestidos y con sus cráneos aserrados hacían cuencos para beber.
Esta imagen de los escitas es cierta en su mayor parte, pero parcial, porque aquellos habitantes de las llanuras mostraban también una gran habilidad para la negociación y un excelente gusto artístico, como puede comprobarse en esta placa de adorno con animal fantástico atacando a un caballo.


Este exquisito gusto artístico es evidente en este peine de oro:



Veamos ahora esta magnífica pieza que representa a un jinete escita cabalgando sin silla:


También nos sorprende esta vasija con leones cazando un ciervo:



Sin duda los escitas eran jinetes nómadas y guerreros, pero existían claras diferencias entre ellos. Aquellos que habitaban las costas del Norte del Mar Negro y del Mar de Azov, debido al contacto con las colonias griegas y a las relaciones comerciales y culturales que se establecieron en aquella zona desde el Siglo VIII a. C., presentaban una organización política basada en monarquías hereditarias y un modo de vida más sedentario. Por el contrario, aquellos que habitaban a orillas del Mar Caspio y en las llanuras cercanas al Altai basaban su organización en los grupos parentales y en jefaturas guerreras basadas en el caudillaje.
Fuesen como fuesen aquellas monarquías, los escitas enterraron a sus reyes y caudillos de manera fastuosa. Construían túmulos llamados kurganes bajo los cuales enterraban a aquellos aristócratas guerreros. Los kurganes se construyeron en una zona extensísima que va desde las orillas del alto Obi hasta Hungría. Junto al rey muerto, los escitas enterraban en los kurganes caballos sacrificados, como ocurre en el túmulo de Ulski, donde se inhumaron más de 400 de estos animales. El escita valoraba por encima de todo al caballo; esto que en evidencia en el kurgán de Chertomlyk, en el que se encontró un vaso en electron con un friso donde se muestra el arte de la doma ecuestre.

                                     Vaso del kurgán de Chertomlyk

Este vaso de Chertomlyk fue obra de un artista griego que actuó por encargo. Gran parte de los objetos de calidad de los ajuares de los kurganes proceden de talleres griegos, sobre todo aquellas tumbas que se encuentran al Norte del Mar Negro, entre el Dniéper y el Bug. El ajuar de Chertomlyk está compuesto por armas, calderos, alfombras, vestidos guarnecidos con placas de oro, vajillas preciosas, ánforas, espejos, marfiles, labores de hueso, anillos, pendientes, torques, perlas, aljabas y flechas de bronce. El rey fue sepultado con dos hombres más y una mujer acompañada de un sirviente; su cuerpo fue encerrado en un sarcófago de bronce revestido de joyas; junto a él se hallaron los restos de diez caballos sacrificados con un golpe de maza en el cráneo.
Estos reyes acumulaban tanta riqueza gracias a los botines de guerra, pero también gracias al comercio. Los griegos habían llegado a las grandes llanuras ya en época micénica, así lo atestiguan mitos como el de Jasón y los argonautas. Desde comienzos del Siglo VIII a. C. los jonios habían fundado colonias en las costas del Mar Negro; entre ellas, Tanais, al fondo del Mar de Azov y junto a la desembocadura del Don, y Olbia junto a la desembocadura del Bug. Otras colonias griegas se encontraban en el Quersoneso Taurico (Crimea); entre ellas Quersoneso, Neapolis y Panticapea. Los griegos de estas colonias proporcionaban a la aristocracia escita productos de lujo y a cambio obtenían materias primas y esclavos. El comercio debió ser intenso y muy lucrativo para los griegos, que a pesar de todo consideraban las costumbres de los escitas como propias de salvajes. Por otra parte, las aristocracias escitas que mantenían frecuentes contactos con aquellos griegos, se helenizaron en algunos aspectos, aunque continuaron practicando sus costumbres.



El comercio de esclavos debió ser muy importante, pero también el tráfico de metales, lana, pieles y resina. Los reyes escitas acumulaban grandes cantidades de objetos de prestigio de gran valor, que a veces utilizaban como obsequios para estrechar alianzas con otros reyes y mantener la fidelidad de sus clientelas militares.
Si Chertomlyk nos muestra una realeza poseedora de oro y joyas, deslumbrada por el arte griego, Pazirik, en el Altai, trae ante nosotros a unos príncipes que aman y valoran sobre todo al caballo. Las montañas del Altai se encuentran en el extremo oriental de las grandes llanuras euroasiáticas, muy lejos, por tanto, de la influencia de las ciudades comerciales griegas del Mar Negro. Probablemente fue aquí donde en el segundo milenio a. C. fraguaron buena parte de los elementos de la civilización de los escitas. Se trata de un territorio alejado de las rutas comerciales y con un clima muy riguroso; una tierra difícil, solo apta para un pueblo habituado a un medio despiadado.

                        Montañas del Altai

Los escitas enterraron en estas montañas que flanqueaban las grandes llanuras a sus príncipes en túmulos; solo en Pazirik se han encontrado una cuarentena de entre los siglos V y III a. C.; los difuntos habían sido embalsamados todos ellos, las tumbas intactas, y todo ello permanecía congelado bajo las piedras con las que se habían construido los túmulos; todo estaba como en el día de los funerales: los cuerpos, los rostros, las ropas, los alimentos, los objetos, incluso los tatuajes.
En Pazirik el caballo es el protagonista de aquel mundo escita; esto puede verse en los tapices y alfombras que se conservaron como ajuar en los kurganes:

                        Alfombra de Pazirik con jinetes y renos.

En Pazirik vemos a un pueblo trashumante cuyo patrimonio es el ganado; que aprecia la belleza, pero que lo hace de forma sencilla. El caballo es su tema favorito, como puede apreciarse en este tapiz:


Los ajuares de los kurganes de Pazirik son más modestos que los del Norte del Mar Negro, pero nos aproximan a la realidad de aquel pueblo por la gran cantidad de objetos y su magnífico estado de conservación, como puede apreciarse en este tocado con corona para una princesa:


Como nómadas que eran, carecían de vivienda fija; buscaban los pastos necesarios para alimentar su ganado viajando constantemente a lomos de sus caballos y transportando sus pertenencias en carros de cuatro o seis ruedas, a veces de gran tamaño y compartimentados en áreas a modo de habitaciones. Estos carros iban entoldados y el piso se cubría con alfombras; eran utilizados como vivienda confortable; algunos llevaban timones de hasta tres metros, para uncir hasta ocho animales, ya fuesen bueyes o caballos. Al atalaje de sus caballos no le faltaba detalle: sillas, fustas, bocados, bridas e incluso unas correas de cuero que están consideradas como los primeros estribos de la Historia.

                 Tumba de dos guerreros escitas junto a sus caballos en Altai.

Escitas, sármatas y maságetas tenían un modo de vida semejante y hablaban lenguas muy semejantes; el mismo Heródoto reconoce que los sármatas son descendientes de los escitas; se trata pues de pueblos que poseen un tronco común y que a veces eran difíciles de diferenciar. Su civilización tiene su origen en las grandes llanuras que se extienden entre los Urales y el Altai. Allí debieron llegar entre 2000 y 1500 a. C. en una gran migración que partió de las llanuras de Ucrania en dos direcciones opuestas. Un grupo numeroso se dirigió al Oeste; entre estos destacan los helenos, los celtas y los tracios. Otro grupo se dirigió hacia el Este; entre ellos se encontraban los iranios y los escitas.
Este grupo humano al que nos hemos referido, y que recibe el nombre de indoeuropeos, salió de su solar originario, entre el Danubio y el Ural, hacia 2000 a. C. por razones que son desconocidas. Esta gran migración se llevó a cabo, probablemente, en varias etapas; una parte numerosa de aquel grupo humano se dispersó en principio por las llanuras que se extienden desde el Mar Caspio hasta los montes Altai; a aquel lejano rincón llegaron hacia 1700 a. C. En aquellas inmensas llanuras fueron desarrollando una cultura peculiar basada en el caballo y la ganadería nómada. Hacia el comienzo del primer milenio a. C. ya se distinguían varios grupos entre ellos; por un lado, los iranios, que después emigraron hacia el Sur, en dirección a la Meseta del Irán y los Montes Zagros; por otro lado, los escitas, sármatas y maságetas.


La expansión de los indoeuropeos por las grandes llanuras llegó a su fin a finales del Siglo IX a. C., cuando Süan, emperador de China llevó a cabo una campaña militar al norte del reino con la intención de asegurar la frontera y expulsar a los Hiung-Nu, probablemente los que también son conocidos como hunos. Los Hiung-Nu, que habían ocupado el Norte de China, fueron derrotados, y en su huída pasaron al Oeste de Altai, donde empujaron a los maságetas a su vez hacia el Oeste. Como si se tratase de una gigantesca reacción en cadena, las principales naciones nómadas se desplazaron hacia poniente. Los escitas, que hacia 2000 a. C. habían salido de las llanuras del Sur de Rusia, por una paradoja, volvían siglos después, en el Siglo VIII a. C. al mismo lugar de donde habían partido.
La influencia de aquellos nómadas de las llanuras en Próximo, Medio Oriente y Europa fue enorme durante siglos; en el Siglo I a. C., una rama de los escitas, los partos, fundadores de un gran Imperio en Irán, aniquilaron a un imponente ejército romano dirigido por Craso, uno de los tres hombres más poderosos de Roma en aquel momento; doscientos años después, los sármatas y los maságetas acosaban la frontera oriental de Roma.
Sin embargo, la rudimentaria organización social y política de estos pueblos impidió que formasen Estados organizados y eficaces, y como consecuencia hubieron de abandonar finalmente gran parte de las llanuras que fueron ocupadas por los turcos. Es muy probable que los Hiung-Nu fuesen los primeros turcos que se desplazaron hacia Occidente; en el Siglo V d. C. llegaron a la llanura húngara; el tiempo de los escitas había tocado a su fin.

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