sábado, 10 de mayo de 2014

¿HACIA DÓNDE NOS LLEVA LA UE?. V

En la tercera entrada de esta serie me preguntaba a mí mismo si la sociedad francesa era una sociedad en espera, una sociedad que podía sorprendernos en cualquier momento. Trataré de aclarar este punto un poco más.
Sin duda la nación francesa fue la primera que elaboró una serie de principios alrededor de los cuales se podía construir la unidad de Europa. Estos principios eran los de la Revolución Francesa, que proclamaban la libertad de los ciudadanos frente a los poderosos, la igualdad de todos ante la ley y la fraternidad necesaria entre los iguales. El encargado de difundir estas ideas por toda Europa fue Napoleón Bonaparte, de quien hemos dicho en otro Comentario que fue el primer hombre que quiso unificar el continente. Napoleón tenía un programa político que consistía en poner de su parte a todos los burgueses de Europa, atraídos por la perspectiva de acabar con las viejas aristocracias, que vivían instaladas en la enorme telaraña de sus privilegios. En principio la propuesta era sugerente, pero el espíritu de la Revolución Francesa llevaba adherido el concepto de la Nación, es decir, el nacionalismo, y como todo el mundo sabe, el nacionalismo lo mismo que une a unos individuos, separa a otros. Napoleón no esperaba encontrar en Rusia ningún ánimo nacionalista, pero se equivocó, pues los rusos estaban dispuestos a morir por su patria y por su rey, algo difícil de comprender por un hijo de la Revolución. El caso es que Napoleón sufrió una terrible derrota en la llanura rusa y esto dio la oportunidad a los ingleses para rematarlo.
Inmediatamente antes de 1914 los franceses creían ser la nación más importante del mundo; habían transformado la política y la sociedad de todo el mundo civilizado con sus ideas liberales y democráticas; habían creado un enorme imperio colonial y el arte y la cultura miraba constantemente a París buscando un reflejo de luz que indicase el camino a seguir.
Sin embargo, como afirmamos en la tercera entrada de esta serie, Francia a principios del Siglo XX no tenía un proyecto para Europa, era un Estado a la defensiva y carcomido por el revanchismo tras la derrota de Sedán frente a Prusia. Hay que decir a favor de Francia que en aquel tiempo nadie tenía un proyecto global para Europa, todo eran iniciativas parciales: Inglaterra solo pensaba en defender su imperio colonial, Rusia en unir a todos los eslavos bajo su tutela, Austria-Hungría en sobrevivir a pesar de todas las dificultades y todos los cambios.
Las dos guerras mundiales afectaron a Francia de manera importante, pero cada una de ellas de modo diferente. En la primera Francia mostró un comportamiento heroico y ganaron la guerra, aunque después perdieron la paz. Con esto último quiero decir que a los franceses les faltó generosidad, nobleza e inteligencia con los vencidos; no se dieron cuenta de que a una nación como Alemania no se la puede humillar deliberadamente sin pagar las consecuencias. Quisieron hacer retroceder a Alemania doscientos años en el tiempo y fracasaron, como era de esperar. En ello también colaboró Gran Bretaña, que no se quería enterar de que la época victoriana había pasado para no volver.
 En la Segunda Guerra Mundial Francia fue vencida totalmente por el Tercer Reich y liberada posteriormente por los aliados, es decir, Estados Unidos y Gran Bretaña; pero no estuvo en el grupo de los vencedores en la Conferencia de Potsdam, donde se hizo el reparto de las influencias y se abrió la etapa de la Guerra Fría y la Política de Bloques.
Como dije en aquel Comentario al que me he referido en varias ocasiones, Francia, después de 1945 aceptó el papel de pieza importante en la estrategia antisoviética de los aliados; por esa razón firmó los diversos tratados que la vinculaban económica y políticamente con su antigua adversaria, Alemania. Afirmé entonces que las elites de la sociedad francesa colaboraron en aquel frente común contra la propaganda y el expansionismo soviéticos; a cambio, los ciudadanos franceses obtuvieron unas garantías sociales y unos derechos que los colocaban en un primerísimo puesto en la denominada sociedad del bienestar. El envoltorio político e ideológico de todo aquello era la socialdemocracia, es decir, un capitalismo nada salvaje y siempre preocupado por lo políticamente correcto en el que el Estado actuaba como el principal motor de la economía y el primer guardián de los derechos de las clases trabajadoras.
El proyecto político de la Unión Europea siempre se ha basado desde un principio en la premisa de una sociedad desarrollada y rica que valora más la colaboración que la lucha de intereses. Una vez extinta la Unión Soviética, la función que tuvo la alianza entre los Estados de Europa Occidental como muro de contención contra las intenciones agresivas de Moscú dejó de tener sentido; la idea de unidad europea tomó otro aspecto. El problema es que esta nueva idea aún no ha sido definida; sobre todo porque los encargados de modelarla, de materializarla, son los miembros de una casta política cuyo origen está en las ruinas humeantes de la destruida Europa de 1945. Esta clase política es incapaz de elaborar un nuevo proyecto de unión porque solo piensa en sus intereses particulares, en mantenerse en el poder, en preservar sus privilegios y en actuar a espaldas de los gobernados, que son todos los ciudadanos de la Unión Europea.
Y aquí ocurre que Francia, la sociedad más dócil ante este juego político, el ejemplo de Estado socialdemócrata, gobierne quien gobierne, la más culta, la más sofisticada de las naciones europeas, aparece ante nuestros ojos como la mayor incógnita del continente. Porque en Francia se han ido produciendo una serie de cambios de manera silente, pero profunda, y esa sociedad rica, bienpensante, confiada, correcta y teatralmente rebelde ha cambiado.
El mayor cambio que se ha producido ha sido la deriva ideológica hacia los extremos. La confianza en el Estado socialdemócrata ha sido abandonada por amplias capas de la sociedad; se trata de ciudadanos que piensan que son necesarias reformas importantes en la estructura del Estado y en las leyes básicas. El espíritu de concordia ya no es tan mayoritario, no tantos están de acuerdo en tantas cosas. La pérdida de importancia económica de Francia es causa en buena parte de este nuevo ambiente; el Estado tiene dificultades para asegurar la igualdad de los ciudadanos, las diferencias sociales se acentúan, y esto es un golpe durísimo al sistema que permitía que los ciudadanos franceses hubiesen permanecido al pairo durante casi setenta años. El problema es que muchos ciudadanos ven como esas garantías sociales, esos derechos se esfuman. Otras sociedades más dinámicas de otras partes del mundo evolucionan y se desarrollan, mientras Francia, espejo de civilización, queda estancada.
Si la Unión Europea enarbolase un proyecto que fuese capaz de generar ilusión, probablemente encontraría la adhesión de los franceses. Lo penoso es que nada de esto ocurre, constituyendo, a la vez, un gran peligro, porque Francia es uno de los dos puntales en que se apoya toda la construcción de la unidad europea desde 1945, es decir, desde el principio.

Actualmente en Francia el euroescepticismo es más bien un rechazo frontal a la Unión Europea, y es bipolar, procede de ambos extremos del espectro político. Además, es consecuencia de la ausencia de hombres y mujeres de valor en la burocracia europea.

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