sábado, 22 de marzo de 2014

LEJANO OCCIDENTE. III

Cuando alguien tiene interés por alguna civilización ya desaparecida, siente mayor satisfacción a su curiosidad cuando puede ver alguna imagen que representa a un ser humano que vivió en aquellos tiempos y perteneció a aquella civilización. Esto ocurre porque, a fin de cuentas, el interés por la Historia es el interés por el ser humano.
Cuando intentamos acercarnos al mundo de Tartessos podemos imaginar algunas cosas; no muchas, porque aquella civilización quedó en el olvido y sobre ella se sobrepusieron otras civilizaciones absolutamente brillantes. Por esa causa, no hay nada más ilustrativo que contemplar a un auténtico tartesio en su mundo.
Esto último podemos hacerlo visitando el Museo Arqueológico de Córdoba y contemplando la Estela de Ategua. Este objeto fue hallado no muy lejos de la ciudad de Córdoba, en los alrededores de la pequeñísima localidad de Santa Cruz. Se trata de una lápida de piedra caliza de 163 x 78 x 34 cm, que a pesar de haberse encontrado sin contexto arqueológico, pertenece al Siglo VIII a. C., es decir al período inmediatamente anterior o inmediatamente posterior al comienzo de la influencia fenicia. Se ignora su función concreta, pues no parece ser parte de un enterramiento o algún tipo de monumento.
Veamos una imagen de dicha estela tal como aparece en el lugar donde se exhibe:

                                          Estela de Ategua.


Aquí podemos ver un dibujo donde se aprecia mejor lo grabado en la estela:




La imagen principal de la estela representa a un guerrero con armadura muy decorada y rodeado de sus armas: escudo, espada y jabalina. Además, aparecen otros objetos personales como un peine y lo que parece ser un espejo.
Debajo, en otra escena, puede verse al guerrero muerto y a otra persona con una mano sobre el rostro que parece llorar en el duelo. ¿Se trata del padre?¿Tal vez del hijo del difunto?
Más abajo están grabadas las imágenes de un caballo y posiblemente un perro. ¿Animales para el sacrificio?¿Animales que amaba el difunto en vida?
Debajo se ve el carro del guerrero; de dos ruedas y con un tiro de dos caballos. Junto al carro está el auriga.
Al final aparecen unos personajes que bailan una danza cogidos de la mano; posiblemente una danza fúnebre. ¿Son los deudos?¿Quizás guerreros que le acompañaron en la batalla?
A pesar de las conjeturas que es necesario hacer, es evidente que la estela de Ategua representa la imagen de un guerrero que ha muerto, probablemente un héroe caído en batalla; no sabemos si real o legendario. La estela no parece formar parte de una tumba, porque no fue hallada en un contexto funerario. ¿Qué era entonces? Para nuestro propósito esto no es fundamental, porque lo que nos interesa es que representa a un guerrero tartesio, con sus armas y sus objetos de uso diario. Pero sobre todo, lo más importante es que nos muestra el ambiente social en que vivió. Parece un hombre importante, al que muchos lloran al caer en combate. Su posesión más apreciada es su carro, conducido por un hombre de inferior categoría social, como puede verse por su inferior tamaño.
La estela de Ategua nos ofrece una idea sobre la sociedad tartésica del Bronce Final. Se trata de una sociedad aristocrática, donde la guerra constituye la actividad principal del grupo social dominante. Las armas, auténticos artículos de lujo, son los objetos más apreciados por los aristócratas, que combaten sobre un carro, artefacto que señala su rango social.
Los aristócratas tartesios serían los propietarios de la tierra y los que controlaban la explotación de las minas y la comercialización de la plata, el cobre y el estaño. Como deja en evidencia la estela de Ategua, poseían una moral heroica, cuyos máximos valores estaban en el manejo de las armas.
La Estela de Ategua es solo una más de las muchas que se han encontrado en el Suroeste de la Península Ibérica; las más antiguas, que datan de principios de la Edad del Bronce, se encuentran en la región portuguesa del Alentejo. Otras zonas donde se han hallado losas muy antiguas son el Valle del Tajo y del  Guadiana; junto al curso de estos ríos es donde ha aparecido la mayor concentración de hallazgos. Las del Valle del Guadalquivir son más recientes, perteneciendo en su mayoría a los siglos IX y VIII a. C. Aunque algunas de ellas parecen tener una función funeraria, otras muchas parecen ser hitos o marcas que señalaban los lindes del territorio bajo control de un caudillo guerrero o de una familia aristocrática. En todo caso, demuestran una continuidad en la sociedad del Suroeste, que permanece con pocos cambios desde finales del segundo milenio hasta el Siglo VIII a. C., coincidiendo con la llegada de fenicios y griegos a la zona.
                                                 Estela de Cabeza de Buey, Badajoz.


Aquella sociedad no era en absoluto pacífica; la aristocracia guerrera mantenía su posición gracias al uso de las armas y por esa razón los conflictos debían ser frecuentes. La penetración de los fenicios y después los griegos supuso la apertura de importantes mercados del Mediterráneo Oriental para la exportación de los metales de Tartessos. Los más beneficiados de esta expansión comercial fueron los grupos aristocráticos, que aumentaron su riqueza rápidamente. Esto trajo consigo una profundización de las diferencias con el resto de la población y la necesidad de mantener las ventajas conseguidas frente a los competidores y las estructuras socioeconómicas precedentes. En este sentido hay ciertos datos que nos permiten pensar que aquellos aristócratas o régulos se rodeasen de comitivas armadas, las cuales comenzaron a ser reclutadas entre las gentes de la Meseta a partir del Siglo VII a. C.
La llegada de gentes de la Meseta de lengua indoeuropea al Valle del Guadalquivir está ampliamente documentada. En tiempos de la dominación cartaginesa el río Guadalquivir era llamado Betis, y todo el curso medio y una amplia región de Sierra Morena era conocida como Beturia; nombres ambos de origen celta. Más aún, los focenses, en sus navegaciones por el Atlántico en el Siglo VII a. C. afirmaban que en lo que hoy es el actual territorio de la provincia de Cádiz habitaba un pueblo al que llamaban célticos.
Pero quizás la prueba más evidente de el establecimiento de gentes de lengua céltica en el Suroeste de la Península Ibérica la tenemos en el Libro I de la Historia de Heródoto:
"Los habitantes de Focea, por cierto, fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes por mar y son ellos quienes descubrieron el Adriático, Tirrenia, Iberia y Tarteso. No navegaban en naves mercantes, sino en penteconteros. Y, al llegar a Tarteso, se hicieron muy amigos del rey de los tartesios, cuyo nombre era Argantonio, que gobernó Tarteso durante ochenta años y vivió en total ciento veinte. Pues bien, los foceos se hicieron tan grandes amigos de este hombre, que, primero, les animó a abandonar Jonia y a establecerse en la zona de sus dominios que prefiriesen; y, posteriormente, al no lograr persuadir a los foceos sobre el particular, cuando se enteró por ellos de cómo progresaba el medo, les dio dinero para circundar su ciudad con un muro. Y se lo dio a discreción, pues el perímetro de la muralla mide, efectivamente, no pocos estadios y toda ella es de bloques de piedra grandes y bien ensamblados."
Argantonio, rey de Tartessos, tenía un nombre indoeuropeo, concretamente de origen celta; sin embargo, las inscripciones y grafitos tartesios muestran que la lengua que hablaban los habitantes del Suroeste de la Península Ibérica no pertenecía al tronco indoeuropeo; es más, no conocemos vínculos con otra lengua e ignoramos el significado de sus palabras.
Argantonio, seguramente el único rey histórico de Tartessos, aparece con todos los atributos de aquella monarquía mítica, riqueza y longevidad, pero lleva un nombre celta.
Como hemos afirmado anteriormente, no cabe duda de que hacia finales del Siglo VII a. C. comenzaron a establecerse en el Valle del Guadalquivir grupos humanos que hablaban lenguas célticas, aunque no tenemos datos para saber cómo ocurrió exactamente. Nos hemos atrevido a decir que en un ambiente de exaltación de la actividad guerrera y fraccionamiento del territorio bajo control de una multitud de régulos, no es imposible que estos "celtas" llegasen al Valle del Guadalquivir como aliados militares de una facción u otra. Se trataría, pues, de bandas de guerreros que comenzaron a intervenir en los asuntos de la región del Suroeste, y que más tarde, tomaron el control de amplios territorios o se establecieron como élites políticas y militares que dominaban al resto de la población.
Este puede ser el caso de Argantonio, rey de Tartessos y hombre muy rico, sin duda porque tenía el control de las minas de las sierras y monopolizaba el comercio con Gadir. Pero es evidente que sus contactos iban más allá de las colonias fenicias; también trataba con los griegos de Focea, con los cuales mantenía excelentes relaciones, hasta el punto de invitarles a que se vinieran a vivir a las costas de su reino; probablemente con la intención de diversificar la oferte comercial y conseguir unos aliados industriosos y con excelentes contactos.
Según Heródoto, Argantonio en 540 a. C., año en que los persas tomaron Focea, ya había muerto; cinco años después, en 535 a. C., tuvo lugar la batalla de Alalia en la costa Norte de Córcega, en la que los cartagineses, aliados con algunas ciudades etruscas, derrotaron a los foceos y establecieron después un bloqueo en las costas de la Península Ibérica para expulsar de las rutas comerciales a los griegos.
Las noticias sobre Argantonio y su extenso reino son las últimas que tenemos sobre la civilización tartésica. Impedidos los griegos para navegar por las aguas del Atlántico y el Sur del Mediterráneo, se impone un espeso silencio. Por desgracia, los cartagineses no dejaron textos en los que poder informarnos; pero es evidente que el control cartaginés sobre el Sur de la Península Ibérica se orientó a impedir el surgimiento de un Estado fuerte y próspero en aquella región. Mucho después, en tiempos de las Guerras Púnicas, los romanos se encontraron en el Valle del Guadalquivir con un panorama político no muy distinto al de los siglos VIII y VII, multitud de régulos que dominaban una o varias poblaciones; eso sí, sometidos a la tutela de Cartago. Pero el tiempo no había pasado en balde, Estrabón consigna unas 200 ciudades en la Bética y nos informa de que sus habitantes son los turdetanos y los túrdulos, estos últimos emigrados de la Meseta. También habitaban la Bética los celtas, entre los cuales destacan dos valientes caudillos, Istolacio e Indortes según Diodoro.

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