martes, 4 de marzo de 2014

CURSUS HONORUM. V

Trepar en la escala social, ésta era la verdadera pasión de los romanos. El sistema republicano enardecía el deseo de competir de los individuos. Sujetos los miembros de la nobilitas a las exigencias de la familia y el linaje, eran los hombres que carecían de antepasados ilustres los que más empujaban hacia arriba; no tenían deudas y obligaciones con el pasado, con la dignitas de sus padres.
Después de los grandes cambios económicos y sociales que fueron consecuencia de la conquista del Mediterráneo, las oportunidades de acceder a la clase senatorial y ascender en el cursus honorum aumentaron para muchos que procedían de orígenes oscuros o carecían de un gran patrimonio.
La situación de la plebe rústica era insostenible a finales del Siglo II a. C. El prolongado servicio militar obligatorio y el estado de guerra permanente había arruinado a los pequeños y medianos campesinos, que eran la cantera de reclutamiento del ejército. En el asedio de Numancia ya se había comprobado que la calidad de las levas había disminuido drásticamente; un puñado de numantinos había tenido en jaque al ejército más poderoso del mundo conocido, algo no andaba bien.
Durante la Guerra de Yugurta la situación se reprodujo; el ejército no era eficaz, los mandos estaban más pendientes de lo que ocurría en el Senado que del campo de batalla. El descontento en la tropa era patente; muchos campesinos estaban cargados de deudas, era habitual perder la propiedad y acabar en la indigencia. ¿Cómo es posible luchar por el Estado cuando los acreedores golpean a diario nuestra puerta?
El fracaso del programa político y económico de los hermanos Graco había sido un golpe durísimo para las esperanzas de las clases populares, pero sobre todo para los aliados de Italia, que vieron como la posibilidad de obtener los derechos de ciudadanía se esfumaba. En aquel ambiente de asfixia política la aparición en la frontera transalpina de los cimbrios y los teutones provocó una situación explosiva. Los bárbaros derrotaron en varias ocasiones a los ejércitos consulares; la peor catástrofe fue la de Arausio, donde murieron unos 80000 soldados romanos.
Aquel era el momento adecuado para que surgiese un salvador de la República, un hombre con carisma, que fuese capaz de vencer la amenaza exterior y diese nuevo aliento a las reivindicaciones de las clases populares. El pueblo deseaba un líder que resolviese los problemas que aparentaban no tener salida. Este hombre fue Cayo Mario.
Mario era un caballero rústico, un hombre de la clase media que empezó desde abajo. Escipión Emiliano se fijó en él cuando era un simple soldado en la Guerra de Numancia. Sus primeros pasos en el cursus honorum los dio de la mano de Quinto Cecilio Metelo Numídico, de quien era cliente. Con la ayuda de su patrón presentó su candidatura a tribuno de la plebe para el 120 a. C. Sin embargo la familia de los Metelos entendió que actuaba con deslealtad en el cargo y le retiró su confianza.
Para seguir trepando en el cursus honorum acudió a sobornos y corruptelas; finalmente fue pretor en 116 a. C. y propretor en Hispania Ulterior en 114 a. C. Como sus orígenes carecían absolutamente de nobleza, contrajo matrimonio con Julia, patricia y tía de Julio César.
Su gran oportunidad llegó cuando Quinto Cecilio Metelo fue nombrado cónsul en 109 a. C. y enviado a Numidia para hacerle la guerra a Yugurta. El caso es que Metelo, después de acusar a Mario de falta de fidelidad, lo admitió de nuevo en su confianza y se lo llevó con él a Numidia como legado. Allí Mario volvió a ser desleal, pues aprovechó para enviar cartas al Senado desprestigiando la conducta de Metelo en la guerra. A base de intrigas, medias verdades y alguna difamación consiguió ser elegido cónsul para el 107 a. C. y relevó en la conducción de la guerra a su antiguo patrono. Los Cecilios Metelos estaban furiosos y lo tachaban de rústico e ítalo.
Cayo Mario comenzó a convertirse en un personaje popular, sobre todo tras derrotar a Yugurta.

                                          Cayo Mario

Cayo Mario, el hijo de un rico agricultor de la pequeña localidad de Arpino, un rústico, un simple caballero, había puesto en ridículo a la aristocracia senatorial, a los Cecilios Metelos. Inevitablemente las clases populares se identificaron con él; no era un miembro de la nobilitas como los hermanos Graco, era un auténtico popular; o más bien era un auténtico trepador en el cursus honorum. En todo caso su ambición no tenía límites.
Como los ejércitos consulares habían sufrido varias derrotas ante los cimbrios y los teutones, el pueblo creyó firmemente que el único hombre capaz de salvar a Roma de la catástrofe era Cayo Mario; por esa razón, y en contra de la ley y la costumbre, fue elegido cónsul durante cinco años consecutivos, desde 104 hasta 100 a. C. Durante ese tiempo Mario derrotó a los germanos y llevó a cabo la tarea más importante de su vida: la reforma del ejército.
Esta reforma la hizo acuciado por la necesidad más que por voluntad propia. Cuando se vio ante el reto de acabar con el peligro de los cimbrios y los teutones no recibió colaboración alguna de los oligarcas del Senado; al contrario, hicieron todo lo posible para que Mario no pudiese reclutar un ejército lo suficientemente numeroso para garantizar la victoria.
Entonces Mario empezó a reclutar las tropas por medio de enrolamientos voluntarios entre los proletarios y también entre los aliados no ítalos y provinciales. Esto significó la transformación del ejército romano de milicia ciudadana en un ejército profesional. Este ejército tenía sus propios intereses de clase, vivía de la paga y de su parte en el botín de guerra. El comandante (imperator) podía conducir un ejército así a donde le pareciera oportuno. Apoyándose en él, se convertía en una fuerza política, que ya no se podía dejar de tener en cuenta. El ejército profesional surgido de la reforma de Mario se convirtió en el principal instrumento de la caída de la República.
Mario venció a los cimbrios y los teutones, pero puso a la República de Roma en el sendero de su descomposición. Durante la primera mitad del Siglo I a. C. el cursus honorum quedaría vacío de contenido, reducido a una simple expresión formal; poco a poco el acceso a los cargos públicos se alcanzaría cada vez más gracias a los vínculos individuales, a la capacidad de movilizar clientelas y bandas armadas y a los recursos económicos necesarios para reclutar y equipar un número elevado de legiones. La ley dejó de aplicarse con cualquier excusa y los magistrados comenzaron a actuar como meros agentes de los poderosos, de los que poseían el dinero y la influencia. Las familias de la oligarquía fueron incapaces de evitar que algunos de sus miembros intentasen violentar el orden para auparse sobre los demás.
En 100 a. C. Cayo Mario, en su sexto consulado, hizo un pacto con Lucio Apuleyo Saturnino, tribuno de la plebe, y Cayo Servilio Glaucia, pretor. La idea era continuar con el programa político de los Graco con grandes dosis de demagogia, dar un impulso a la reforma agraria, extender la ciudadanía a los ítalos y acabar con el sistema oligárquico; a cambio de su apoyo, Mario recibía tierras para repartir entre sus veteranos. Sin embargo, la violencia de Saturnino y Glaucia provocó que el Senado ordenase a Mario que defendiese la República y acabase con el terror de Saturnino.
Aquí demostró Mario que carecía de ideas políticas claras; su vocación era escalar, utilizando los cargos públicos como simples peldaños y soportes, desde los cuales se podían manejar los hilos de la República. Otros muchos hicieron otro tanto; el mismo Saturnino era un miembro más de la nobilitas que utilizaba la demagogia para conseguir sus objetivos personales. Mario cambió de bando y se enfrentó a Saturnino y Glaucia; el conflicto acabó con la muerte de los populares a manos de las bandas de aristócratas armados.
Tras el violento fin de Saturnino, Mario quedó en mal lugar ante los populares, pero tampoco obtuvo la confianza del partido senatorial; había quedado en tierra de nadie y sin apoyos. Ante los oligarcas Mario había pasado a un segundo plano, habían comprobado que en último término deseaba la aprobación de las clases aristocráticas. Por esta razón, cuando necesitaron de un militar que ajustase las cuentas al rey Mitrídates del Ponto, pensaron en Sila y no en Mario. Aquella era una gran oportunidad de volver al primer plano de la política que se le escapaba a Mario de las manos. Furioso, volvió a acercarse a los populares a través del tribuno de la plebe Publio Sulpicio Rufo y consiguió que la asamblea le otorgase el imperium consular necesario para dirigir la guerra contra Mitrídates. Lucio Cornelio Sila se negó a aceptar las decisiones de la asamblea y marchó sobre Roma con las seis legiones que tenía reclutadas; las represalias contra los populares fueron terribles, pero Mario consiguió huir a África. Sila fue elegido Cónsul para el año 88 a. C., con el mandato de hacer la guerra a Mitrídates.
                                         Lucio Cornelio Sila.

  La República se tambaleaba, pues la fuerza de las armas se había impuesto por primera vez a las decisiones del Pueblo de Roma. No obstante el partido de los populares estaba muy lejos de caer en el desánimo; Lucio Cornelio Cinna, popular, fue elegido cónsul para el 87 a. C., mientras Sila, acabado su consulado, ponía rumbo a Oriente dispuesto a vencer al rey Mitrídates.
Por aquel tiempo Mario había cincelado profundamente su perfil público, quizás demasiado para su gusto, pero ya no tenía alternativa, era el militar preferido de los populares, en él habían puesto sus esperanzas los équites, los proletarios urbanos, la plebe rústica y todos los ítalos que hacían causa común con los anteriores en muchos asuntos. Hasta tal punto esto era así que a los populares se les conocía como marianistas.
Con el apoyo de Cinna en Roma, Mario decidió dar un golpe definitivo al partido aristocrático; reclutó un pequeño ejército en África, donde tenía muchos partidarios, y marchó sobre Roma. Allí se le unió una multitud de esclavos y desató una violenta represión contra los partidarios del ausente Sila; durante unos días se comportó como un auténtico tirano populista y el terror se adueñó de la urbe. Decidido a  obtener todo el poder, presentó su candidatura para el consulado del 86 a. C. y fue elegido por una asamblea totalmente manipulada por grupos violentos de marianistas. Fue su séptimo consulado, pero no pudo disfrutar de él, porque murió repentinamente en Enero del 86 a. C. Su comportamiento en los últimos meses había sido tan brutal que el mismo Cinna y otros populares, tras su muerte, emprendieron una campaña para aniquilar a los marianistas. Estos últimos, organizados en grupos, se dedicaron al bandidaje durante un tiempo, hasta que fueron capturados o muertos por sus mismos correligionarios.
Cayo Mario siempre consideró el sistema y procedimiento del cursus honorum como un estorbo y durante toda su vida no hizo otra cosa que ignorarlo y violarlo. ¿De qué otra manera aquel hijo de un agricultor de Arpino podría haber sido cónsul en siete ocasiones? Mario deseó desde siempre ascender en la escala social, pero nunca entendió el sistema de la oligarquía senatorial, él mismo siempre se consideró un advenedizo. Políticamente fue de un lugar a otro con la intención de medrar y conseguir el poder, que era aquello que más amaba. Fue líder popular un poco a la fuerza, cuando la nobilitas lo rechazó definitivamente, no porque fuese un hombre nuevo, que lo era, sino porque no respetaba las reglas del juego y tenía una ambición sin límites.
La Historia posterior de la República es el relato de un cuerpo en descomposición y de la lucha despiadada entre los que desean ocupar el primer puesto sin permitir compañeros de viaje. Pero esa es otra historia que quizás algún día contaré, con más detalle, como se merece.                

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