domingo, 16 de febrero de 2014

CURSUS HONORUM. IV

BRUTO. - Con su muerte ha de ser; mas por mi parte
                 para oponerme a él, sólo me impulsa
                 el bien común. ¡Pretende la corona!
                 Y es el caso saber hasta qué punto
                 su condición se mudará con eso.
                 La clara luz del Sol engendra al áspid.
                 Seamos cautelosos.¿Coronarlo?
                 Eso... y así, le damos -concedido-
                 aguijón con que hacer el daño puede.
                 Achaque suele ser de quien se encumbra
                 divorciar el poder y la conciencia.
                 Pero nunca, en verdad, vi subyugada
                 de César la razón a sus pasiones.
                 De incipiente ambición la escala empero
                 es la humildad. Lo prueba la experiencia.
                 El trepador para subir la mira,
                 pero al llegar al último peldaño,
                 le vuelve las espaldas, mira al cielo,
                 y desdeña los tristes escalones
                 que le encumbraron. Puede hacerlo César.
                 Evitémoslo antes que lo hiciere;
                 y pues razón no existe por ahora,
                 es forzoso argüir que al encumbrarse
                 estas desgracias surgirán y aquéllas.
                 Que hay que creer que es huevo de serpiente
                 que dañino será cuando se incube,
                 y que en el cascarón matar es fuerza.
                 

Julio César.    William Shakespeare.


La ambición es natural en el ser humano; es propio en él desear más de lo que tiene. Esto lo habían comprendido perfectamente los aristócratas romanos que fundaron la República en 509 a. C. Desde luego que veían a los reyes como seres ambiciosos que querían encumbrarse por encima del resto de los hombres; y aquellos aristócratas no eran hombres comunes; creían tener unos derechos, no por ser hombres, sino por pertenecer a la clase a la que pertenecían. Los patricios fundadores de la República se sentían iguales en derechos, la única diferencia la establecía el esfuerzo personal; de manera más concreta, lo que los diferenciaba era la disposición a sacrificarse por el Estado, es decir, la República de Roma.
La ambición debía orientarse a servir al Estado, no a los intereses personales. La República lo exigía todo; en último extremo, la vida misma del ciudadano romano. Por supuesto que aquella aristocracia sabía que la condición humana anhela el prestigio y el poder. Por esa razón pusieron unos límites casi infranqueables a la ambición personal. Cualquier atisbo, cualquier mínimo intento de acumular demasiado prestigio y poder hacía reaccionar a los oligarcas con una actitud de rechazo. Todo el sistema social y político se basaba en la desconfianza. Ser acusado de intento de tiranía era algo gravísimo, un delito de laesa maiestas.
Pero esto a su vez propiciaba un ambiente de durísima competencia. Aquel sistema que castigaba los intentos de destacar, paradójicamente fomentaba la lucha de unas familias contra otras. La dignitas de la familia era lo más importante.



                      Senatus Populus Que Romanus. El Senado y el Pueblo Romano


Mantener a raya las ambiciones y deseos de los individuos que componen una sociedad es tarea ciertamente difícil; la República de Roma lo consiguió, al menos durante tres siglos; después fue cada vez más difícil impedir que las personalidades destacasen e intentasen acaparar más poder del que las leyes les permitían. La competencia entre las familias de la nobilitas era muy dura y hubo quien decidió no respetar las reglas del juego.
El éxito del sistema republicano fue a su vez su peor enemigo. Mientras Roma luchó por su supervivencia en la Península Itálica la República fue un instrumento eficaz; después, cuando se trataba de conquistar el Mediterráneo y someter a una gran cantidad de pueblos, las cosas cambiaron; la guerra sirvió para llevar hasta la cumbre social y política a aquellos que mostraban mejores cualidades militares y organizativas, aquellos que poseían más apoyos y más recursos económicos. El pueblo comenzó a admirar a ciertas personalidades por sus méritos individuales y les dotó de un gran carisma.
El primero de estos hombres destacados fue Publio Cornelio Escipión, que recibió el cognomen de Africano por derrotar a Aníbal en la batalla de Zama. Era un patricio de la familia de los Cornelios Escipiones; lucho en Italia contra Aníbal, mientras su padre y su tío morían en Hispania combatiendo contra Asdrúbal. Obtuvo muy pronto la admiración del pueblo por su conducta en la guerra y su carácter respetuoso con el mos maiorum. Después de la muerte de su padre y su tío en 211 a. C. la situación era tan desesperada en Roma que el pueblo exigía al Senado que tomase medidas extremas para salvar la República. Ante el clamor popular Escipión fue enviado a Hispania con el cargo de procónsul a finales de 210 a. C., saltándose así las normas, pues solo acababa de cumplir los veinticinco años y solo había servido como edil curul en 213 a. C. Hay que alegar en su descargo que otros tampoco habían respetado las normas; Quinto Fabio Máximo Cunctator, rival de la familia de los Escipiones, fue cónsul en 215, 214 y 209 a. C. Marco Claudio Marcelo, perteneciente a otra familia muy influyente fue cónsul en 215, 214, 210 y 209 a. C.
Escipión derrotó a Asdrúbal en Hispania y a Aníbal en África, fue cónsul en 205 a. C., censor en 199 a. C y  cónsul por segunda vez en 194 a. C.; en todas estas ocasiones, excepto en 194, ocupó el cargo sin tener la edad necesaria para ello. En 190 a. C. fue elegido príncipe del Senado.
Las Familias que dominaban el Senado durante aquellos años de la Segunda Guerra Púnica no tuvieron escrúpulos en saltar por encima de la costumbre y abusar de una magistratura excepcional como la dictadura; entre 224 a. C. y 201 a. C. hubo catorce dictadores.
 En 190, siendo cónsul su hermano Lucio Cornelio Escipión, dirigió la campaña contra Antíoco III de Siria. Lucio accedió al consulado con el único objetivo de que su hermano el Africano actuase como procónsul en Asia y pudiese dirigir las operaciones. En 189 a. C. los dos hermanos obtuvieron en Magnesia una brillante victoria sobre Antíoco; los Cornelios Escipiones estaban en la cima de su gloria y el Africano era el hombre más prestigioso de Roma.
Sin embargo, en 187 a. C. dos tribunos de la plebe propusieron al Senado que los dos hermanos rindiesen cuentas de las sumas que habían recibido de Antíoco. Publio presentó algunos documentos pero, en lugar de rendir cuentas, los rompió ante los ojos de los senadores.  La acusación siguió su trámite legal y en una de las asambleas posteriores Lucio fue condenado a pagar una fuerte multa. Como rehusara a hacerlo, fue amenazado con la prisión, de la que solo  le salvó la mediación de uno de los tribunos de la plebe, Tiberio Sempronio Graco, padre de los reformadores Tiberio y Cayo Graco. La intención de los acusadores era dar un golpe mortal a la posición de los Escipiones. Para ello no se eligió al propio Publio, todavía muy popular, sino a Lucio, cuyo único mérito era ser el hermano de su hermano. Durante diez años después de la batalla de Zama, representantes de la estirpe de los Cornelios ocuparon por siete veces el cargo de cónsul y los otros magistrados, si no pertenecían directamente a los Cornelios, estaban estrechamente ligados a ellos.
La clase senatorial, y en concreto las familias más importantes, decidieron establecer la regulación de las magistraturas para que la situación anterior no se reprodujera. En 180 a. C. la Lex Villia annalis establecía un orden preciso de funciones restableciendo la jerarquía en los honores de la carrera pública, de mayor a menor: dictadura, censura, consulado, pretura, edilidad curul, edilidad plebeya, tribunado de la plebe y cuestura. La ley fijaba la edad de acceso al cursus honorum a los 28 años, tras el servicio militar, y el acceso a la pretura a los 40 años y el consulado a los 43. Una ley posterior del 151 a. C. establecía un intervalo de diez años para ejercer por segunda vez una misma magistratura salvo el consulado, que no podía ser renovado.



                                     Publio Cornelio Escipión el Africano


Lo cierto es que los tiempos de la guerra habían engendrado un nuevo partido compuesto por las clases medias de Roma. En él estaban los comerciantes, artesanos, armadores, rentistas, prestamistas y medianos campesinos; todos ellos plebeyos, algunos denominados équites, sobre todo los de mayor renta. A estos se unieron una multitud de campesinos que, agobiados por las deudas, habían perdido sus tierras. Muchos de ellos habían apoyado a los Cornelios Escipiones solo porque eran enemigos de las familias aristocráticas que controlaban el Senado.
Aquel creciente movimiento de masas no debía ser desaprovechado; y fue una familia emparentada y vinculada políticamente con los Escipiones la que lo hizo. Los Sempronios Graco eran plebeyos de la alta nobilitas que deseaban situarse en lo más alto de la República de Roma. Tiberio Sempronio Graco, defensor de Lucio Cornelio Escipión durante su tribunado de la plebe en 187 a. C. contrajo matrimonio con Cornelia, hermana de los Escipiones; de este matrimonio nacieron Tiberio y Cayo. El mayor de los dos, Tiberio, adquirió fama por su valentía, siendo tribuno militar en el asalto de las murallas de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica.
 En 134 a. C., considerado ya como uno de los líderes del partido popular, fue elegido tribuno de la plebe y concibió un proyecto político que atendía la principal reivindicación de las masas: la reforma agraria. El proyecto de ley de Tiberio pretendía impedir que el ager públicus, la tierra estatal, quedase en manos de los grandes terratenientes y, por el contrario, fuese repartida en pequeñas parcelas entre los ciudadanos pobres en concepto de arriendo hereditario. Una comisión compuesta por tres ciudadanos elegidos por la asamblea popular se encargaría de hacer el reparto.
Esta actitud de Tiberio Graco supuso la ruptura con la familia de los Cornelios Escipiones, que comenzaron a ver en él a un demagogo oportunista que pretendía socavar su poder. Por increíble que parezca Tiberio recibió en apoyo algunas de las familias patricias más influyentes, como los Servilios Cepiones, los Licinios Crasos y los Claudios. Verdaderamente los oligarcas del Senado eran capaces de aliarse con quien fuese con tal de acabar para siempre con los Escipiones.
Pero el populismo de Tiberio se había salido del cauce y muchos oligarcas comenzaron a temer que instituyese en Roma una tiranía al estilo de las griegas. Los más preocupados eran los grandes latifundistas, que temían perder las tierras del ager públicus que explotaban como si fuesen propias. La nobilitas aparcó por un momento sus rencillas internas y trataron de hacer frente a Tiberio utilizando a otro tribuno de la plebe, Octavio, para que interpusiese su veto a la reforma agraria.
Entonces Tiberio comenzó a tomar medidas que atentaban contra el mos maiorum y contra la Lex Villia annalis. Para rematar el despropósito se presentó, en contra de la ley, como candidato a tribuno de la plebe para el año 133 a. C.; hacía campaña rodeado de una guardia de seguidores armados.
Estando así la situación, Tiberio pasó a depender mucho más del apoyo de los proletarios urbanos y la plebe rural; su discurso se radicalizó y su candidatura al tribunado de la plebe precipitó su asesinato.
Consiguió que los comitia tributa destituyeran a Octavio y argumentando que la soberanía del pueblo estaba por encima del Senado, organizó el reparto de tierras y puso en marcha otros proyectos de ley que aumentaban el poder político de las clases populares de Roma.
Cuando se reunió la asamblea plebeya en el Capitolio con la intención de elegir a los tribunos de la plebe del 132, Publio Cornelio Escipión Nasica, pontífice máximo, seguido por el conjunto de los senadores y por una multitud de clientes, se arrojó sobre la plaza en donde estaba reunida la asamblea y atacó a los populares. En ese encuentro Tiberio y 300 de sus partidarios fueron muertos y sus cuerpos arrojados al Tíber durante la noche.
Los Cornelios Escipiones seguían teniendo el control de la República a pesar de las dificultades por las que habían pasado. El cabeza de la familia era por aquel entonces Publio Cornelio Escipión Emiliano, adoptado por el hijo mayor del Africano. Sin embargo, el ambiente no era de tranquilidad ni mucho menos; el partido popular había tomado una fuerte conciencia de sí mismo, entre su gente destacaban los équites, caballeros, plebeyos dedicados al comercio y las finanzas que, siendo poseedores de medianas fortunas, carecían de los recursos y la influencia necesarios para acceder a las altas magistraturas.
Liderar a estos grupos, sobre todo a la plebe rústica, es lo que hizo Cayo Sempronio Graco, hermano de Tiberio y colaborador suyo, pues fue elegido miembro de la comisión para el reparto de tierras de la reforma agraria. Desde la muerte de su hermano Tiberio pasó a ser el cabeza de los Gracos y líder del movimiento popular; por ello, encontró inmediatamente la enemistad de Escipión Emiliano, primo suyo.
En 124 a. C. presentó su candidatura a tribuno de la plebe  para el 123 a. C. Seguía los pasos de su hermano.
Cayo Graco gozaba en aquel tiempo de una enorme popularidad. Según Plutarco, en las elecciones reunió una cantidad tan grande de gente de todas partes de Italia, que muchos no pudieron encontrar alojamiento en la ciudad, y el Foro no lograba contener a la multitud de los electores.
La actividad de Cayo fue la continuación de la emprendida por Tiberio, y se limitó a los objetivos planteados pero no alcanzados por el hermano. Su proyecto político constaba de tres puntos básicos: la cuestión agraria, la democratización de la estructura política y la extensión de los derechos de ciudadanía a los ítalos.
Cuando llegó la época de las elecciones de los tribunos de la plebe para el 122 a. C., Cayo presentó de nuevo su candidatura y logró ser elegido sin la menor dificultad, en contra de lo que prescribía la Lex Villia annalis. Cayo gozaba de tal autoridad que el partido adversario no se arriesgó a impedir su nueva elección; era el omnipotente tribuno de la plebe, el triunviro agrario, dirigía las grandes obras públicas y todo un ejército de de empresarios y agentes dependía de él. Actuaba como un auténtico dictador sin haber sido elegido por el Senado para ejercer esta magistratura.
Para luchar contra Cayo, la oposición recurrió a la maniobra de oponer a cada uno de sus proyectos un contraproyecto de apariencia más radical; el hombre encargado de esto fue su colega de tribunado Marco Livio Druso.
En la primavera del 122 a. C. Cayo Graco fundó la colonia de Junonia en África, en el lugar donde en otro tiempo estuviera Cartago. Para los enemigos de Cayo había llegado el momento oportuno para provocar una lucha abierta y aniquilarlo. El tribuno de la plebe Minucio Rufo presentó una propuesta sobre la liquidación de la colonia Junonia, y la asamblea popular se reunió en el Capitolio para decidir sobre ello. El cónsul Lucio Opimio, enemigo de los Graco, junto a numerosos aristócratas, ocupó el templo de Júpiter. Durante la asamblea en el Capitolio se produjo una riña entre ambos bandos y un lictor del cónsul Opimio fue muerto. Enterado el Senado de estos hechos, encargó a Opimio que restableciese el orden en la República. Cayo Graco y Marco Fulvio Flaco, líderes del movimiento popular, ocuparon el monte Aventino con mucha gente armada. Entonces el cónsul Opimio asaltó con sus seguidores el Aventino y los populares fueron arroyados con rapidez; viendo Cayo Graco acercarse a sus enemigos, ordenó al esclavo que le acompañaba que le diera muerte; quien cumplió la orden, tras lo cual las cabezas de Cayo y Fulvio fueron cortadas y llevadas ante Opimio. Sus cadáveres fueron arrojados al río y sus bienes confiscados.
                      Monte Capitolio y templo de Júpiter Óptimus Máximus.

Los hermanos Graco, con su intento de derrumbar la oligarquía de la clase senatorial, se salieron de los límites constitucionales y actuaron como revolucionarios. Saltaron por encima del cursus honorum y alteraron el contenido de todas las magistraturas. Brillaron durante una década por encima de todos los miembros de la nobilitas hasta que los oligarcas les dieron muerte.
La República ya nunca sería la misma. Aunque las familias que controlaban el Senado hicieron grandes esfuerzos para regresar a la situación anterior todo fue en vano. Los que pugnaban por ascender en la escala del cursus honorum ya no lo hacían por la dignitas de la familia, por el nomen, sino por el prestigio personal, por la ambición, imposible de reprimir, que espolea a aquellos que se sienten mejores que los demás.
En la próxima entrada de esta serie veremos como los más audaces y fuertes entablan una lucha despiadada entre sí por llegar a ser el princeps, el primer hombre de Roma. 

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