sábado, 25 de enero de 2014

EL EJÉRCITO ROMANO DE FINALES DE LA REPÚBLICA. IV

En el verano del año 48 a. C. el mundo conocido estaba pendiente de dos hombres, Cayo Julio César y Cneo Pompeyo Magno. Si le hubieran dicho esto a los romanos de dos siglos atrás, habrían soltado una carcajada por lo increíble de la situación; no existía, ni podía existir, un hombre tan importante para que el pueblo romano estuviese exclusivamente pendiente de él. En Roma por costumbre las cosas las hacían las familias, no los individuos. Eso era así hasta Publio Cornelio Escipión. Aquel aristócrata brilló con luz propia cuando venció a Aníbal, el terror de Roma. Después de él otros intentaron destacar entre la nobleza romana; la lista es larga, los hermanos Graco, Cayo Mario, Sila y Craso. Pero nunca la atención de los romanos había estado tan fija como ahora, pendiente de la disputa entre César y Pompeyo. Muchos sabían que aquel no era un enfrentamiento cualquiera, porque en su desenlace estaba el futuro de la República. O más bien, de lo que quedaba de la República, ya que hacía tiempo que la ley y las costumbres no se respetaban. Tanto César como Pompeyo decían estar del lado de la ley y del derecho; falso, ambos sabían que las instituciones republicanas eran solo una cáscara; el interior estaba vacío; o mejor dicho, ocupado por el gusano de la ambición.
César y Pompeyo llevaban varios meses jugando al gato y el ratón en el Epiro. Unas veces hacía César de gato y Pompeyo de ratón, y otras veces ocurría al contrario. Ambos buscaban la forma de pillar al contrario en un error y propinarle un golpe del que no se recuperase. Como las cosas comenzasen a irle mal a César en Dirraquio y sufriese algunos reveses, tomó la decisión de levantar el campo con el objetivo de acrecentar la moral de los soldados y conseguir provisiones, de las que andaba escaso desde su desembarco en Epiro.
César se dirigió al Este, hacia Tesalia, y Pompeyo lo siguió con la intención de reunirse allí con su suegro, Quinto Cecilio Metelo Escipión, que había reclutado un ejército en Siria y después había pasado a Tesalia para combatir a César.
César nos descubre sus intenciones en sus Comentarios a la Guerra Civil:
" Sus ideas en orden a la continuación eran éstas: si Pompeyo tomaba el mismo camino desviado del mar y de los almacenes llenos de Dirraquio, privado de la comodidad de las provisiones, le había de obligar a pelear, siendo ya igual el partido; si pasase a Italia, unido su ejército con el de Domicio, marcharía por el Ilírico al socorro de la Italia; si tentase la conquista de Apolonia y Orico para quitarle toda comunicación con la marina, él, yendo a sitiar a Escipión, haría venir a estotro por fuerza a dar socorro a los suyos."
A césar le convenía ser la presa durante un tiempo, para luego convertirse en cazador de improviso. Obligó a Pompeyo a seguirle, dirigiéndose primero al Norte, hacia Apolonia, para cruzar después por Macedonia, y entrar finalmente en Tesalia. Pompeyo iba más lento porque llevaba mucho más bagaje e iba acompañado de una multitud de senadores y nobles con sus familias. César, por el contrario, dejó en Apolonia a los heridos, los enfermos y todo lo que le estorbaba.
Convencido Pompeyo de que no alcanzaría a César de ninguna manera, optó por dirigirse directamente a Tesalia y evitar que éste se reuniera con Cneo Domicio Calvino, legado de César, que al mando de un ejército había estado sometiendo las ciudades de Macedonia.
 Todo fue en vano, porque César y Calvino se encontraron en los lindes de Tesalia; así aumentó el número de soldados de César, una vez unidos ambos ejércitos.
Pompeyo por su parte, se reunió con Metelo Escipión en Tesalia, acampando ambos en el mismo recinto, y rodeados de una multitud de senadores que, seguros de la victoria, disputaban entre ellos por repartirse los cargos y dignidades que quedarían vacantes tras la guerra.
Según los Comentarios a la Guerra Civil, Pompeyo tenía 110 cohortes, unos 45000 legionarios, y César 32000. A estos habría que sumarles la caballería y los auxiliares que acompañaban a ambos.
A principios de Agosto del 48 a. C. los dos enemigos se hallaban en las llanuras de Tesalia. Se habían acercado uno al otro y estaban acampados en los llanos próximos a una pequeña población llamada Farsalia. No había mucha distancia entre los dos; César tenía el campamento en una zona más llana, mientras que Pompeyo lo tenía en lo alto de una colina.
César buscaba la batalla porque era consciente de que la demora lo perjudicaba. Había sufrido una derrota en Dirraquio y sus soldados, ya recuperados, deseaban combatir. Además, siendo verano y estando maduras las cosechas, las provisiones eran abundantes, pero en pasando el tiempo, acabarían escaseando. Por estas razones y porque pensaba que obtenía ventaja jugándoselo todo a una batalla campal, sacaba todos los días a sus legionarios del campamento y los formaba en orden de batalla frente al campamento contrario. Pompeyo hacía lo mismo, pero colocaba a sus soldados en alto, junto a las defensas de su campamento, sin bajar por la ladera de la colina. César intentaba provocar a diario el enfrentamiento avanzando mucho sus líneas, pero Pompeyo no bajaba al llano.
César consideraba que permanecer muchos días en un mismo lugar le perjudicaba, y por esa causa el 9 de Agosto decidió levantar el campo y trasladarse a otro lugar donde probar suerte de nuevo. Ya tenía hecho el equipaje y estaban las cohortes de vanguardia saliendo por las puertas del campamento, cuando observó que Pompeyo había sacado a su gente y les había ordenado bajar de la colina al llano, que era lo que había estado esperando César durante varios días.
Dicen que la oportunidad hay que atraparla al vuelo, y eso fue lo que hizo César; dio orden de que se interrumpiese la marcha y formasen los legionarios en el llano, frente a las tropas de Pompeyo. Entrenados a diario, los soldados maniobraron con rapidez, y César les dirigió una arenga, preperándoles para la inminente batalla.
Sea por estar presionado por sus oficiales y comitiva de senadores, o sea por creer favorable el momento, Pompeyo había decidido cambiar de estrategia y dar la batalla aquel día. Según se cuenta en los Comentarios, el día anterior dijo ante todos lo siguiente:
"Que antes de disparar un tiro, el ejército de César sería derrotado. Bien sé, dijo él, que prometo una cosa al parecer increíble, pero oíd en qué me fundo para no dudar del suceso: tengo persuadidos a nuestros soldados de a caballo, y ellos me han ofrecido de hacerlo, que cuando estemos ya cerca, desfilen hacia el ala derecha y la acometan por el costado abierto, de suerte que rodeándole por la espalda, quede atónito y batido su ejército antes de disparar nosotros un tiro. Con tal arte, sin riesgo de las legiones y sin derramar sangre, pondremos fin a la guerra, cosa no muy dificultosa, siendo tan poderosa nuestra caballería."

La llanura de Farsalia era amplia, cerrada por un lado por el río Enipeo. Pompeyo desplegó su ejército, situando a su flanco derecho sobre el río. Una pequeña fuerza de 600 jinetes constituían este flanco, probablemente con el respaldo de algunos cuerpos de infantería ligera y tropas auxiliares. Junto a ellos estaba la fuerza principal, once legiones desplegadas en triplex acies. El ala derecha estaba bajo el mando de Afranio, el centro era de Metelo Escipión y Domicio Ahenobarbo mandaba el ala izquierda; Pompeyo se situó junto a él.
Pompeyo dio orden a los infantes de defender su posición sin avanzar. Para ganar la batalla confiaba en la caballería que mandaba Tito Labieno. Eran unos 6400 jinetes que estaban agrupados en el flanco izquierdo, junto a una numerosa tropa auxiliar de honderos y arqueros. El objetivo era que esos jinetes arroyaran a la caballería de César,menos numerosa, que formaba frente a ellos al otro lado del campo de batalla. Déspués, Labieno y sus jinetes atacarían el flanco y la retaguardia de César.
César hizo formar a sus legionarios dejando el río a la izquierda. Contaba con 80 cohortes, que sumaban en total 22000 soldados; guardando el campamento había dejado otras 7 cohortes. Formó también en triplex acies, y colocó a la X legión, la más veterana, a la derecha, el lugar de más responsabilidad. El ala izquierda estaba dirigida por Marco Antonio, el centro por Cneo Domicio Calvino y el ala derecha por Publio Sila y el propio César. En el extremo de la derecha colocó a los 1000 jinetes que tenía, frente a los de Labieno. Pero, además, tomó 6 cohortes de la tercera línea y las trasladó a una posición detrás de su propia ala derecha para formar una corta cuarta línea colocada en ángulo oblicuo. Al estar oculta de la vista por los soldados situados delante y por la polvareda que levantaban los caballos, los comandantes enemigos no se percataron de su posición.
Debieron pasar horas hasta que todos estuvieron colocados en su posición. César cabalgó a lo largo de toda la línea de batalla dando ánimos a sus soldados; después se colocó junto a la X legión y dio orden de que se tocase el clarín de avance.
Había un km entre los dos ejércitos y los de César comenzaron a avanzar en orden y silencio, hasta que la primera línea se aproximó al enemigo; dieron entonces los centuriones de cargar, para inmediatamente después lanzar los pila. Sin embargo, en ese momento los de Pompeyo, según lo acordado, se detuvieron y esperaron a pie quieto a los enemigos. Fue entonces cuando los legionarios de César, dándose cuenta de que corrían el riesgo de lanzar su lluvia de pila  demasiado pronto y perder la formación, en una espeluznante exhibición de disciplina, se detuvieron, reorganizaron sus filas con calma y volvieron a avanzar de nuevo. Después, volvieron a cargar, y justo en el momento exacto lanzaron sus dardos.
Los de Pompeyo aguantaron la descarga, y entonces Labieno lanzó a sus 6400 jinetes contra la caballería de César. Eran muchos, pero formaban una masa heterogénea, compuesta por gentes de distintos orígenes y faltos de experiencia; sus mandos eran jóvenes aristócratas con más entusiasmo que otra cosa.
La caballería de César, aunque mucho más pequeña, estaba compuesta en gran parte por veteranos de la guerra de las Galias, germanos y galos la mayoría de ellos, aunque también hispanos. Un grupo numeroso de estos jinetes llevaba años maniobrando y practicando en conjunto. Conocían perfectamente las órdenes que les había dado César antes de la batalla; al primer choque debían volver grupas y huir al galope, dejando que la caballería de Labieno llegase hasta la cuarta línea de infantería que estaba oculta tras ellos.



Cuando los jinetes de Labieno vieron huir a la caballería de César, sintieron una enorme sensación de euforia, al verse tan numerosos y creerse ya vencedores. Corrieron en desorden hacia el flanco derecho de César, formando una masa indisciplinada. Labieno comprobó como la maniobra se le escapaba de las manos, pues sus jinetes ya no escuchaban las órdenes de los mandos.
Entonces César dio la orden de ataque a las seis cohortes de la cuarta línea. Los legionarios avanzaron y la infantería atacó de un modo muy poco habitual: sostuvieron sus pila en las manos y los emplearon como picas de cuerpo a cuerpo.
Cuando los caballos de Labieno comenzaron a caer amontonándose y formando una aglomeración, el pánico se extendió entre ellos de manera fulminante y emprendieron la huida. Tal fue la estampida que los jinetes fueron hacia retaguardia y ya no volvieron a participar en la batalla, pues todos buscaban salvarse a sí mismos.
Quedando el flanco de Pompeyo al descubierto, los infantes de la cuarta línea arremetieron contra los auxiliares de arco y honda, matándolos a todos, ya que carecían de protección.
César mantuvo bajo estricto control a los legionarios de la cuarta línea y les dio orden de que girasen hacia la izquierda, desbaratando el frente de Pompeyo por aquel flanco.



Simultáneamente, César dio la orden a su tercera línea de reserva que avanzase  y reforzase a los soldados que combatían en primera línea a lo largo de todo el frente.
Roto totalmente el flanco izquierdo de Pompeyo, su frente se descompuso y sus soldados se dieron a la fuga. En sus Comentarios César sostiene que 15000 soldados enemigos perdieron la vida y 24000 fueron apresados junto con las águilas de nueve legiones y otros ciento ochenta estandartes diversos. Sus propias bajas habían sido comparativamente escasas: 200 soldados y 30 centuriones.
César justificó aquella guerra con las siguientes palabras:
"Ellos lo han querido. A pesar de haber llevado a cabo tantas hazañas, yo, Cayo César, hubiera sido declarado culpable de no haber pedido auxilio al ejército."

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