viernes, 10 de enero de 2014

EL EJÉRCITO ROMANO DE FINALES DE LA REPÚBLICA. II

En la entrada anterior de esta serie vimos como en el último siglo de la República los ejércitos de Roma consiguieron un alto nivel de eficacia; de tal manera, que ante los ojos de las otras naciones, las legiones romanas parecían invencibles. Esto se debía a una serie de características de la organización y la técnica militar del ejército romano que acabaron convirtiéndolo en una máquina bélica a la que nadie podía derrotar.
Sin embargo, en algunas ocasiones esto no fue así y las legiones fueron vencidas. Puede servir de ejemplo la gran derrota de Marco Licinio Craso en Junio del 53 a. C. en la batalla de Carras y la de Cayo Escribonio Curión en Agosto del 49 a. C. en la batalla del río Bagradas.
Ambos eran personas de diferente carácter. Craso era un aristócrata, perteneciente al orden senatorial y a una familia patricia. Según el mos maiorum, solo era decoroso que, por ser de la clase que era, se dedicase exclusivamente a la agricultura; pero era muy ambicioso y acabó practicando el préstamo y las demás actividades financieras a través de agentes y testaferros pertenecientes al orden ecuestre o simplemente libertos. Siendo joven fue legado de Lucio Cornelio Sila en la guerra civil contra Lucio Cornelio Cinna y Cneo Papirio Carbón. En la Guerra servil contra Espartaco mostró una gran eficacia y crueldad. Fue Cónsul en 70 a. C. junto a Pompeyo, e inmediatemente después formó parte del Primer Triunvirato. Era, por tanto, un hombre muy rico y con experiencia política y militar.
Curión pertenecía a esa juventud aristocrática romana bien educada y muy disipada. De muy joven protagonizó algunos escándalos que animaron las conversaciones de la nobilitas romana. Al principio de su carrera política atacó a César incansablemente durante el consulado del año 59 a. C., pero demostró ser un hombre práctico cuando tiempo después, y en vista de las grandes victorias de César en Galia y las inmensas ganancias que había obtenido, cambió de bando y se transformó en el más conspicuo de los cesarianos. Es evidente que César lo apreciaba, porque cuando en 49 a. C. estalló la guerra civil, le entregó el gobierno de Sicilia y le encargó que pasase a Africa y se la arrebatase a Publio Atio Varo, partidario de Pompeyo.
La derrota de Carras fue una de las más grandes que sufrió Roma en toda su Historia, pero debido a que el acontecimiento tuvo lugar en un territorio muy alejado de la urbe y a que los romanos andaban enzarzados en  apasionadas disputas políticas, no tuvo una resonancia tan importante como Cannas o Arausio. Parece muy claro que Craso a mediados de la década de los años 50 del Siglo I a. C. se quejaba de haber perdido auctoritas con respecto a sus dos compañeros del triunvirato, Pompeyo y César. La auctoritas era una mezcla de influencia y poder sobre la ciudadanía romana. Él pensaba que había quedado en segundo plano con respecto a los otros dos miembros del triunvirato. Pompeyo había obtenido grandes victorias en Asia y el Mediterráneo; César había conquistado las Galias y había vencido a los germanos. Sin embargo él, desde la guerra contra los esclavos no había obtenido ningún éxito militar. Por otra parte, César había demostrado las enormes riquezas que se podían conseguir en una campaña militar de gran envergadura.
Aprovechando que en el reparto que habían hecho los triunviros a él le había tocado Siria, dirigió su mirada hacia el reino de los partos, que presumía podía proporcionarle fabulosas riquezas. En la conquista de Partia le acompañaría su hijo, Publio Licinio Craso, que había servido como comandante de la caballería en las legiones de César. El propio César le apoyó en su empresa entregándole 1000 jinetes galos; de esta manera correspondía a los muchos favores que Craso le había hecho en el pasado, cuando César carecía de dinero para financiar su carrera política.
Craso y su hijo salieron de Roma a finales del 55 a. C. con la oposición de buena parte del Senado y de los tribunos de la Plebe. Quizás fue esta su primera equivocación, pues actuó ilegalmente, sin tener en cuenta las instituciones de Roma. Sin molestarse en buscar un casus belli, en el verano del 54 a. C. cruzó el Éufrates y conquistó algunas ciudades fronterizas del Reino de los Partos. Aquí cometió su segunda equivocación, pues estando el enemigo vencido se retiró de nuevo a Siria con la intención de saquear la provincia y cobrar todo tipo de tributos abusivos. Así pasó un año entero, apropiándose de cuanto caía en sus manos y organizando un gran ejército. Reunió siete legiones y 4000 jinetes, entre estos últimos, la caballería gala.
Cuando se buscan enemigos es conveniente ser prudentes, y en este caso el triunviro se había puesto en su contra a toda la provincia de Siria; cuando sus habitantes lo vieron presto a partir a la guerra, respiraron aliviados.
Antes del comienzo de la campaña militar Craso recibió una propuesta que nunca debió rechazar; Artavasdes II, rey de Armenia, le invitó a invadir Partia por el Norte, a través de su reino, y le ofreció 16000 jinetes y 30000 infantes; sin embargo, Craso rechazó esta propuesta porque no quería compartir el botín y la gloria con nadie. Quizás esta fue su peor equivocación, ya que la manera más cómoda de introducir un ejército en Mesopotamia es conduciéndolo por las faldas de las montañas del Este de Anatolia, a través de un paisaje fresco y rico en aguas, para después descender por el Tigris.
Su decisión fue ahorrar tiempo y llegar al Éufrates, cruzarlo y seguir su curso hacia el Sur, en dirección a Seleucia del Tigris y Ctesifonte. Para ello buscó la colaboración de los árabes que habitaban a orillas del Éufrates, que controlaban las rutas comerciales entre Siria y Mesopotamia. En esto tampoco estuvo afinado, porque los árabes salían muy perjudicados de aquella guerra que paralizaría el tráfico comercial en la zona y arruinaría excelentes negocios. Para los árabes Craso era una desgracia que había caído de improviso sobre sus actividades económicas. Por esta razón decidieron poner todos los medios para traicionarle y que así la campaña fracasase.
En la Primavera del 53 a. C. Marco Craso y su hijo Publio partieron de las orillas del Orontes en dirección al Éufrates con 30000 infantes y 4000 jinetes. Llegados a las orillas del río lo cruzaron y se dispusieron a seguir la ribera en dirección al sur; los partos no aparecieron, pues su rey Orodes II pensaba que sería más fácil derrotar a los romanos en el interior de Mesopotamia. Fue en este momento cuando los árabes, conocedores de que Craso tenía prisa por llegar a Seleucia del Tigris, le propusieron acortar camino dirigiéndose al río Bilechas, pequeño afluente del Éufrates. Le dijeron que habría que cruzar una zona desértica, pero que la distancia era corta, y una vez llegados a la corriente del Bilechas, no padecerían falta de agua. Craso aceptó la propuesta, ignorante de que los árabes informaban de sus movimientos a los partos.
La marcha desde el Éufrates al Bilechas fue penosa. Se trataba de una llanura reseca y ardiente. Craso, siempre con prisa, aceleró la marcha, desgastando las fuerzas de los soldados. Los que peor soportaban aquel medio eran los galos de la caballería, pues el calor los agotaba.
La estrategia del rey Orodes era atraer a los romanos hacia el desierto y acosarlos sin descanso hasta que, perdidas las fuerzas, optaran por retirarse. Esta misión se la encargó a Pahlevi, gobernador parto de Mesopotamia. Mientras tanto, él mismo con un gran ejército iría a Armenia en busca del rey Artavasdes y le haría la guerra para, tomando la iniciativa, impedir otra invasión por el Norte y quitar apoyos a Craso. Queda claro que Orodes era un buen estratega.
Pahlevi cumplió órdenes y reclutó un ejército exclusivamente de caballería; se trataba de hostigar, no de presentar batalla campal. Reunió 10000 jinetes arqueros y 1000 jinetes armados con catafracta. Esta era una armadura de cota de malla que protegía al jinete y al caballo; su peso era enorme e impedía que la caballería maniobrase con velocidad, pero cuando iba a la carga era un arma demoledora. Los jinetes arqueros herían a los enemigos desde larga distancia con sus arcos compuestos, pero agotaban pronto la provisión de flechas que guardaban en la aljaba. Para evitar este inconveniente Pahlevi cargó centenares de camellos con miles de flechas; así los arqueros podrían repostar en medio del combate y continuar disparando sin tregua.
Informado Pahlevi de la ruta que seguía Craso, lo esperó junto a la corriente del Bilechas, junto a la ciudad de Niceforo.
El 9 de Junio del 53 a. C. Craso llegó al Bilechas y comenzó a seguir su curso en dirección a su confluencia con el Éufrates. Apenas había dado descanso a los soldados en los últimos días pues no quería perder tiempo. Fue entonces cuando los exploradores divisaron movimiento de caballería muy a lo lejos; sin embargo, Craso no quiso montar campamento ni defensa alguna; al contrario, optó por continuar la marcha. Cuando los romanos se fueron acercando a Niceforo apareció una gran polvareda en el horizonte; eran los jinetes arqueros partos que se aproximaban. Craso era incapaz de distinguir cuántos eran, pues la polvareda era enorme; supuso entonces que se trataba de un gran ejército.
En este momento Craso estuvo lento en reaccionar, fue incapaz de dar órdenes con rapidez, y antes lo que esperaba los arqueros partos se acercaron en destacamentos y comenzaron a disparar sus flechas contra los romanos, que a la sazón todavía estaban en orden de marcha. Las flechas caían y los heridos se contaban por centenares. Los jinetes partos nunca se aproximaban a los romanos, sino que a cierta distancia volvían grupas mientas continuaban disparando, habilidad en la que eran diestros. Así, una y otra vez iban y volvían; cuando agotaban las flechas se dirigían a los camellos, para volver de nuevo a la batalla con la aljaba repleta.
La desorganización era total y Craso, confundido, dio la orden e formar en cuadro. Esta formación solo se hacía en caso de extremo peligro, cuando todas las defensas habían sido desbordadas; proporcionaba mucha resistencia pero incapacitaba para maniobrar tácticamente. En esto Craso se equivocó, porque la infantería formada en cuadro ofrecía un magnífico blanco a los arqueros partos y no podía ofenderles porque estaban siempre fuera de su alcance.
Enojado por la situación, viendo como caían los legionarios sin poder hacer daño al enemigo, Craso tomó la decisión que lo llevaría definitivamente a la derrota; envió a su hijo Publio con los 4000 jinetes en persecución de los arqueros partos.
Ni Craso ni nadie del campo romano supo lo que ocurrió entonces; sencillamente no pudieron verlo. Publio y la caballería entró en la nube de polvo en pos de los jinetes arqueros; hubo un tiempo de incertidumbre, y después aparecieron los jinetes con catafracta llevando la cabeza de Publio clavada en una pica. La caballería e Craso había sido aniquilada.
¿Que ocurrió? Nadie lo puede saber con certeza; pero lo más probable es que Publio y sus 4000 jinetes se diesen de frente con la caballería blindada de los partos. Estos últimos eran menos pero en un choque frontal eran imbatibles. Un caballo y su jinete protegidos con catafracta podía aproximarse a la tonelada; cuando una masa compuesta por centenares de estos jinetes chocaba contra el enemigo lo desbarataba. Rota la caballería de Publio, desatado el pánico, los arqueros cumplieron su cometido abatiendo a los grupos sueltos de jinetes.
Cuando Craso vio la cabeza de su hijo clavada en una pica sufrió una profunda crisis. El efecto de esta imagen en los legionarios fue desmoralizadora; el miedo les hizo abandonar la formación y la caballería con catafracta encontró facilidad para arremeter contra los grupos sueltos y mal cubiertos.
Llegó así la noche y los partos cesaron en su acoso; Pahlevi no solo había cumplido con su misión, sino que había derrotado aquel día a Craso.
Craso tomó entonces su última decisión desastrosa; en lugar de aprovechar la tregua para cavar foso y levantar valla, ordenó retirarse no hacia Siria, sino hacia un caravansar llamado Carras que se encontraba a unos 60 km al Norte, Bilechas arriba. Hasta allí llegó lo que quedaba del ejército romano, maltrecho y sin equipaje. Como aquel lugar era pequeño y carecía de víveres Craso, después de descansar a la tropa, sin una idea clara e lo que pretendía, se dirigió a la ciudad de Sinnaca, distante un trecho semejante al anterior, situada al Noreste y provista de alimentos.
Camino de Sinnaca los partos continuaron acosando a los desesperados romanos, que cuando intentaban arremeter contra los jinetes enemigos, estos se alejaban para volver después a la carga.
Agotados y moralmente derrotados los supervivientes intentaron hacerse fuertes en un montículo algo elevado. Allí recibieron de Pahlevi la propuesta de negociar una retirada y Craso acudió junto a otros oficiales al encuentro con la delegación de los partos. Probablemente recelaba de que aquello era un engaño, pero no tenía otra opción. Allí fue muerto junto a los demás; el resto e la tropa se rindió.
Como podemos ver no siempre las legiones romanas de aquella época vencieron conforme a lo habitual. En la siguiente entrada de esta serie analizaré la derrota de Cayo Escribonio Curión a las orillas del río Bagradas cuando se enfrentó a Juba, rey de los númidas.

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