martes, 7 de enero de 2014

EL EJÉRCITO ROMANO DE FINALES DE LA REPÚBLICA. I

Cuando nuestra curiosidad nos lleva a interesarnos por la Historia de la República Romana hay un hecho que no deja de sorprendernos; durante el último siglo de este período los ejércitos romanos obtienen grandes victorias; más aún, Roma parece imbatible en el campo de batalla. Estas victorias se prolongaron durante los dos primeros siglos del Imperio, pero no de una forma tan infalible. A partir de la gran derrota de Teutoburgo la confianza absoluta en la superioridad de los ejércitos romanos se quebró; Roma no era invencible.
Por supuesto que esta superioridad militar tuvo unas causas concretas que se pueden enumerar y analizar. Sobre esto haré un breve comentario.
En primer lugar, a finales del Siglo II a. C. el ejército romano se profesionaliza. Esta reforma importantísima se debe a Cayo Mario, magnífico general, pero pésimo político. Resumiendo los cambios que supuso, hay que decir que básicamente consistió en abandonar la antigua milicia ciudadana, sistema por el que la Roma Republicana formaba sus ejércitos, sustituyéndola por el reclutamiento de legionarios que firmaban un contrato en virtud del cual se comprometían a combatir a cambio de un sueldo. Hay que tener en cuenta que quien los contrataba solo podía ser un magistrado con imperium. Cualquiera puede entender que tras varios años de servicio estos soldados profesionales adquirían un dominio del oficio y una eficacia enormes.
En segundo lugar hay que saber que la disciplina en las legiones romanas era una cuestión que se valoraba muchísimo. El ejército romano siempre gozó de una gran disciplina, pero al profesionalizarse esta aumentó de manera considerable, porque el soldado que firma un contrato declina parte de sus derechos de ciudadano y debe obediencia ciega a quien lo recluta. Esto supone un cambio en la mentalidad que más tarde tendrá graves consecuencias sociales y políticas que no podemos analizar aquí.
En tercer lugar, desde el Siglo II se fue produciendo un cambio en la organización de las unidades militares. El manípulo fue perdiendo importancia como unidad táctica y los movimientos en el campo de batalla tuvieron como unidad básica la cohorte. La cohorte estaba compuesta por seis centurias, es decir, por 480 soldados de infantería y 120 no combatientes de apoyo; diez cohortes formaban una legión. Al mando de las seis centurias se encontraban seis centuriones y el de más experiencia y méritos ostentaba el mando de toda la cohorte y el nombre de pilus prior. La cohorte permitió realizar movimientos rápidos y coordinados a gran escala en batallas donde intervenían muchos miles de combatientes y el frente poseía una gran longitud.
En cuarto lugar, como consecuencia de las guerras que Roma tuvo que hacer contra cartagineses, hispanos y galos, se fueron realizando una serie de cambios en el armamento del soldado de infantería. En muchos casos directamente se adoptaron armas que utilizaban los pueblos mencionados y en otros casos se realizaron reformas para adaptar las armas a la técnica de combate. Como se podrían escribir cientos de páginas sobre este tema, me limitaré a decir que probablemente la reforma más importante fue la de dotar al infante del pilum, una jabalina que en sus características se aproximaba más al dardo que al tipo usual de este arma. Por otra parte, el pilum cumplía a menudo las funciones de un arpón que quedaba inutilizado tras usarlo. Algunas de estas reformas deben atribuirse también a Cayo Mario, quien las desarrolló a través de la experiencia en el combate.
En quinto lugar, desde finales del Siglo II a. C. se procedió a transformar el procedimiento de producción de armas en dos sentidos. Por un lado se hicieron esfuerzos por uniformar el armamento de los legionarios, sobre todo desde la profesionalización del ejército que llevó a cabo Mario. El objetivo principal ya no era que el equipo del soldado mostrase el nivel social al que este pertenecía, sino que fuese funcional y utilitario; esto supuso un cambio en el diseño y la concepción de las armas ofensivas y defensivas. Por otro lado, los modos de producción de armas cambiaron hacia la producción masiva, utilizando prototipos compuestos de piezas idénticas que permitían la producción en serie y algo semejante a las cadenas de montaje.
En sexto lugar, el legionario romano se fue pareciendo cada vez más a un trabajador especializado. Cada soldado ocupaba siempre el mismo puesto y conocía perfectamente las funciones que le eran propias; actuaba siempre según un programa establecido, que tenía ensayado hasta la perfección; de tal manera, que a veces sus movimientos estaban mecanizados a fuerza de haberlos repetido muchas veces. La reacción del combatiente era rapidísima y se comportaba como una pieza más de un mecanismo que funcionaba de manera automática.
En séptimo lugar, el legionario tenía asimilado que no era un combatiente individual, sino que era una pieza más de una unidad superior que era quien realmente combatía, bien fuese la centuria en primera instancia, el manípulo en segunda, la cohorte en tercera y la legión en última. Todos y cada uno de los infantes eran conscientes de que su supervivencia dependía de actuar de manera totalmente coordinada con el grupo. Cuando Julio César narra en sus comentarios las hazañas individuales de alguno de sus soldados, lo hace siempre con intención propagandística, para enardecer a sus lectores y dejando ver que se trata de algo inusual, formidable por ser poco corriente.
En octavo lugar, en el Siglo I a. C. se fue desarrollando una técnica de combate que consistía en alcanzar la victoria en los primeros momentos del choque entre los ejércitos enfrentados. Se basaba dicha técnica en la convicción de que la victoria se consigue en el momento en que el enemigo se desmoraliza, porque entonces deja de combatir. Para conseguir una rápida desmoralización en el oponente lo más útil era provocar el pánico, es decir, introducir en la mente del enemigo la idea de que la muerte en combate es ineludible e inminente y, por tanto, emprender la huída es la única alternativa. De esta forma, las legiones obtenían la victoria en los primeros compases de la batalla; lo que venía después era una matanza de la que a menudo se encargaba la caballería auxiliar, compuesta por hispanos, galos y, en tiempos de César, por germanos. En esta técnica de combate tenían un papel esencial las armas ofensivas del legionario: el pilum y el gladius. El pilum, especie de dardo, paralizaba en seco la ofensiva enemiga y desarticulaba sus filas. Después, el gladius, más parecido a un puñal largo que a una espada, hacía estragos entre un enemigo que apenas podía defenderse. Así, el pánico se extendía como una ola entre la masa desorganizada y la huída surgía espontáneamente.

Muy resumidas, estas eran las características que hacían de aquellas legiones una máquina de guerra que era capaz de obtener la victoria fácilmente. Como veremos, no siempre fue así y, efectivamente, la excepción confirmó la regla.https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/2

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