jueves, 24 de marzo de 2016

ALFONSO VI. EL REY QUE FINANCIÓ UN PEDAZO DE CIELO EN LA TIERRA

En el año 910  Guillermo, duque de Aquitania, donó a unos monjes benedictinos la villa de Cluny , además de los extensos campos que la rodeaban. Aquellos monjes formaban un grupo reducido, pero su ánimo no era pequeño; más bien se trataba de una reunión de espíritus emprendedores, pues su intención era fundar un nuevo monasterio. Pero no un monasterio cualquiera, sino el más perfecto, aquel que limase hasta hacer desaparecer todos los defectos que aquejaban a la orden benedictina, al monacato y al fin, a la Iglesia.
Guillermo de Aquitania mostró buena disposición para colaborar en este proyecto desde el principio, de manera que cuando hizo la donación dejó por escrito que las tierras pertenecientes al futuro monasterio de Cluny no estarían sometidas a la jurisdicción y señorío de nadie. Con esto el monasterio de Cluny quedaba totalmente libre de la tutela de los señores feudales de los alrededores.En la misma línea la Carta de fundación de la abadía establece la libre elección del abad por parte de los monjes.
Todos estos escrúpulos eran consecuencia del deseo de aquellos monjes de alcanzar la perfección, la santidad en este mundo. Tenían pues, un objetivo ambicioso, y todas las medidas puestas en práctica para alcanzarlo les parecían pocas. Por esa  razón en la abadía de Cluny nunca cesaban los cantos en alabanza del Señor, cual si se tratase de los coros de ángeles que, sin interrupción, rodean al Altísimo y hacen vibrar la bóveda del cielo. Entrar en Cluny era como estar entre los ángeles.
Así lo entendieron la nobleza y el clero de aquella época, y también así lo acabó entendiendo el obispo de Roma, Cluny era el lugar más cercano al cielo que había en la Tierra; era un pedazo de cielo en la Tierra.
La fama del monasterio se extendió por doquier a gran velocidad y otras congregaciones de monjes se le unieron, pasando a convertirse en réplicas del original, adoptando en todos los detalles la regla de la abadía matriz.
No menor fue la admiración que despertó Cluny entre la gente común y los más pobres, pues los monjes a diario repartían pan a los necesitados en la puerta del monasterio, tras lo cual se arrodillaban ante todos los que recibían la limosna.
Pero sin duda, lo que otorgó a Cluny mayor poder sobre las conciencias de aquella época fue su independencia con respecto a los poderosos, ya que en la carta del duque Guillermo se había declarado a la abadía “libre del dominio de cualquier rey, obispo, conde o pariente de su fundador”.

Cluny en Europa.

La muestra más evidente del enorme éxito de la abadía es que su primera ampliación se hizo no demasiados años después de la fundación; los trabajos se iniciaron en 948 y la iglesia fue consagrada en 981.
Durante el siglo XI el prestigio de Cluny creció sin cesar y las donaciones de tierras, oro y plata lo hicieron en la misma proporción. El poder y la influencia de los abades aumentaba de forma imparable y numerosos miembros de las familias más ilustres de la cristiandad solicitaban su ingreso en la orden. La cima de este poder se alcanzó cuando los abades de Cluny sellaron una alianza con el papado y ambas instituciones comenzaron a difuminar la frontera que las separaba. A finales de este siglo Cluny tenía más de 1000 filiales distribuidas por todo el continente europeo.
Este crecimiento sin precedentes hizo necesarias otra serie de ampliaciones de la abadía que comenzaron en 1088 por iniciativa del abad Hugo, que a la sazón contaba con los recursos de las donaciones de varios reyes y nobles de aquellos tiempos.
Sin embargo, todas las donaciones eran pocas para un proyecto como el que había concebido Hugo, pues en él se incluía la construcción de una nueva iglesia abacial que tuviese unas proporciones muy superiores a todas las existentes hasta el momento, que fuese considerada la maior ecclesia (iglesia principal) de la cristiandad; dicho de otro modo, Hugo quería que la abadía de Cluny, en los campos de Borgoña, fuese el centro de la cristiandad, sin menoscabo de que en Roma residiese el papa, sucesor de San Pedro, vicario de Cristo.
La gran iglesia tendría un tamaño descomunal para aquella época y no se escatimaría en materiales, técnicos y mano de obra. Con planta de cruz latina y doble crucero, sus dimensiones eran de 187 m de longitud y una altura de 32 m en el crucero mayor; además poseía quince capillas radiales y cuatro campanarios mayores.








La maior ecclesia de Cluny.

              
    No cabe duda de que el abad Hugo necesitaba grandes cantidades de dinero para financiar tal proyecto arquitectónico, y no le faltaban colaboradores entre los hombres más poderosos y ricos de Europa. No obstante, el impulso económico definitivo fue posible por la voluntad de un rey hispano, un hombre que en principio había cosechado mala reputación por haberse visto involucrado en la muerte de su hermano mayor y por mostrar una actitud implacable con su desafortunado hermano menor. Este rey era Alfonso VI de León y Castilla.  

Alfonso VI de León y Castilla.



Esta mala reputación y su condición de rey periférico de la cristiandad ya habían sido remediadas en lo posible con el abandono de las primitivas formas visigóticas y la adopción del ritual romano en todos sus reinos. Aquellas medidas tomadas en 1080 agradaron sumamente al papa Gregorio y abrieron el camino a la diplomacia del rey que se hacía llamar “Emperador de Hispania”.
Si el abad Hugo tenía grandes proyectos, Alfonso tampoco le iba a la zaga. El título de emperador era una cosa muy seria en aquellos tiempos, pues hacía referencia inequívoca a la grandeza de Roma, y a la de la nueva Roma, es decir, Constantinopla. Arrogarse el poder imperial era reclamar el poder absoluto en una época en la que la autoridad real estaba muy disminuida. Además, el título de emperador era equivalente a protector y guía de toda la cristiandad.
Pero desde los tiempos de Constantino no había emperador que no hubiese tenido que contar con la Iglesia; y desde los tiempos de Carlomagno todos los emperadores habían sido coronados por el papa en Roma.
Para Alfonso, mantener buenas relaciones con la Iglesia de Roma era algo prioritario, pues sus ambiciones políticas no podían materializarse sin el apoyo del papa y de su más estrecho colaborador, el abad de Cluny.
Cierto era que cualquiera que se asomase a sus reinos vería algo muy distinto al Imperio Romano; huraños pastores, toscos campesinos y violentos guerreros que se refugiaban tras los muros erizados de almenas de los castillos, así era la mayoría de la gente que habitaba aquellas tierras. Aún así, tenía razones para sentirse un gran rey, pues tenía sometidos a todos los reinos musulmanes de la Península Ibérica, que en total suponían casi dos tercios del territorio, eran ricos y estaban repletos de poetas, músicos y artesanos de todos los oficios. No ocurría lo mismo con los navarros, aragoneses y catalanes, con los cuales mantuvo alianzas y desacuerdos alternativamente.
Por todas estas razones, y decidido a entrar de lleno en la órbita diplomática europea, comenzó a establecer vínculos a todos los niveles con Borgoña, casándose sucesivamente con tres princesas francesas, y a su vez, casando a sus dos hijas consendos nobles borgoñones.
Su afán era hacer política al otro lado de los Pirineos con la intención de buscar en aquellas tierras aliados y vasallos, y sobre todo, para que se reconociera que él era el rey más rico y poderoso de la cristiandad. Para conseguir esto encontró un medio eficaz e inequívoco, que fue implicarse en el proyecto religioso y arquitectónico más importante del occidente cristiano hasta aquel momento, es decir, financiar la construcción de la maior ecclesia de Cluny.
Y es que Alfonso VI era verdaderamente rico, probablemente el hombre más rico de la cristiandad, y por esa razón podía permitirse aportar grandes cantidades de recursos económicos para la construcción de aquel pedazo de cielo encajado en este mundo terrenal que era la gran iglesia de la orden monástica más poderosa de todos los tiempos. En total la cifra que el rey puso sobre el tapete ante el boquiabierto abad Hugo fue de 10.000 talentos de oro, una cantidad desmesurada.
Pero ¿de dónde sacaba Alfonso VI tal cantidad de dinero?¿no era un rey de campesinos y soldados sin más patrimonio que sus ovejas y su cosecha? ¿de dónde procedía tal cantidad  de oro?
En efecto Alfonso VI era rico en oro, que obtenía de una fuente que parecía ser inagotable. Esta fuente eran los pequeños reinos musulmanes de la Península Ibérica, los denominados reinos de taifas. Ricos desde su origen, la descomposición del Califato de Córdoba; ricos por sus industrias de seda, algodón, orfebrería, cerámica, cueros y metales; ricos por su agricultura, intensiva y muy productiva, ricos por sus finanzas, muy activas.
A estos reinos los extorsionaba continuamente Alfonso cobrándoles unos tributos anuales denominados parias. A cambio del pago del tributo Alfonso les proporcionaba seguridad; los enemigos no osarían devastar sus campos, y lo más importante, Alfonso no robaría sus cosechas y su ganado, no cautivaría a sus gentes, no incendiaría sus ciudades, no se llevaría su oro.
Las taifas de Toledo, Badajoz, Sevilla y otras pagaban a Alfonso estos tributos con tal de no ver sus campos arrasados y sus ciudades incendiadas, con tal de tener algo de seguridad, de no temer por las vidas de sus habitantes.


                                 Taifas a mediados del Siglo XI.

Para demostrar quién tenía el verdadero mando en 1082 el rey Alfonso encabezó una expedición que llegó hasta el extremo sur de la Península y entró en el mar con su caballo, acto simbólico con el cual afirmaba su soberanía sobre toda Hispania.
En aquellos años Alfonso VI ya había acumulado una gran cantidad de riquezas y continuaba extorsionando con ahínco a los débiles reinos de taifas. Tal era su afán recaudatorio que llegó a ocupar algunas fortalezas del sur de la Península y puso oficiales y guarniciones en ellas, todo ello para asegurar que los tributos llegasen regularmente a sus arcas.
Los reinos de taifas soportaban de mala gana el pago de estos tributos, sobre todo los artesanos, comerciantes y medianos propietarios agrícolas, sobre los que pesaba de manera más abrumadora la presión de las parias. Así fue creándose poco a poco un ambiente enrarecido, favorable a la formación de un partido antileonés en todas las ciudades musulmanas de la Península.
Los habitantes de Al-Andalus conocían bien este sistema de las parias porque habían sido sus antepasados los que lo habían inventado. En otros tiempos eran los califas cordobeses los que sangraban a los cristianos de los reinos del norte y a los propios cristianos que malvivían en las ciudades y campos de Al-Andalus. Ahora simplemente las tornas habían cambiado y los antaño expoliados se habían convertido en expoliadores.
El primer rey cristiano que impuso el cobro de las parias a las gentes de Al-Andalus fue Fernando I de León, padre de Alfonso VI. Sometió los reinos de Toledo, Sevilla, Zaragoza y Badajoz y les obligó a pagar el tributo. Alfonso no hizo otra cosa que imitar a su padre en este asunto y procuró mantener amedrentados a los reyes de las taifas con objeto de que pagasen sin retraso cuando se presentaba el oficial recaudador en sus alcázares. No obstante, Alfonso comenzó desde muy pronto a exigir más de lo que lo había hecho su padre, con lo cual el ambiente fue caldeándose y la gente de las taifas se convencieron de que la situación era insostenible.
En 1084 el partido antileonés de la ciudad de Toledo se sublevó contra el rey Al-Qádir, quien aterrado pidió ayuda a Alfonso para aplastar la revuelta y el rey leonés puso sitio a la ciudad. El 25 de mayo de 1085 Toledo se rindió y Alfonso VI considerando los antecedentes de la situación decidió anexionarse la ciudad. Para compensar a Al-Qádir le hizo rey de la taifa de Valencia.
En toda la cristiandad repicaron las campanas por la conquista de Toledo, antigua capital del reino visigodo y símbolo del sometimiento de la Península Ibérica al poder musulmán. En Cluny la noticia fue recibida con gran alegría, pues en aquel año las relaciones de Alfonso con Borgoña ya eran estrechas y el rey leonés comenzó a enviar ricas donaciones a la abadía. En 1085 el rey de León creía que había actuado correctamente en la crisis toledana. Era cierto que había tenido que forzar la situación y asediar una de las ciudades más grandes de la Península Ibérica, pero a cambio había logrado grandísima gloria al conquistar aquel símbolo de la realeza hispana que era Toledo. Además estaba convencido de que los toledanos, ya fuesen musulmanes, judíos o cristianos no iban a permitir que Al-Qádir volviera al trono del reino, y que una parte importante de la población estaba a favor de la anexión.
Sin embargo hubo alguien que no vio así las cosas. Este fue Al-mutamid, rey de la taifa de Sevilla, el más poderoso de los monarcas musulmanes de aquel tiempo. Al-Mutamid, que pagaba las parias de mala gana, interpretó la conducta de Alfonso VI como un cambio de estrategia; pensó que el rey de León había decidido conquistar Córdoba, capital del antiguo califato, en consonancia con sus deseos de declararse señor indiscutible de Hispania. La consecuencia lógica de esto es que a la postre Sevilla también sería conquistada y Al-Mutamid perdería su reino.

Reino de Sevilla durante la época de Al-Mutamid.

Que Alfonso tuviera previsto conquistar Córdoba era bastante probable, pero que tuviese intención de hacer lo mismo con Sevilla ya no lo era tanto. En principio porque le interesaba más cobrar las parias que un reino tan rico le pagaba desde hacía mucho tiempo, pero también porque carecía de recursos humanos para mantener en su poder un reino tan extenso y poblado en el que habitaban pocos cristianos en relación al número de ellos que residían en la ciudad de Toledo. Mantener sometida a una población tan numerosa y mayoritaria de musulmanes parecía difícil en unos tiempos en los que los estados tenían escasos instrumentos de control. Más bien lo que Alfonso contemplaba era debilitar al reino de Al-Mutamid troceándolo, ya que en los últimos años había experimentado una gran expansión a costa de otras pequeñas taifas.
En 1086 Al-Mutamid creía que había llegado el momento de dejar de pagar las parias y devolver a los cristianos al otro lado del Sistema Central, pero como sabía que la empresa no era fácil hizo una solicitud formal para que los almorávides entraran en la  Península Ibérica, y estos aceptaron la invitación.
Los almorávides, nombre que significa “unidos para la guerra santa” eran una secta islámica que tenía su origen entre las tribus de tuaregs del Sahara occidental; allí el faqih Ibn Yasin había predicado una versión simple, ascética y militante del Islam y en unas décadas los almorávides habían creado un estado teocrático que abarcaba todo el Sahara occidental, el norte de Senegal, oeste de Argelia y Marruecos. 


             Imperio Almorávide

Ese mismo año de 1086 el emir Yusuf Ibn Tasufin cruzó el estrecho de Gibraltar y desembarcó en Algeciras acompañado del temible ejército almorávide. Poco después se reunieron con las tropas de los reinos de taifas y se dirigieron a Extremadura, donde el día 23 de octubre de 1086 derrotaron en la batalla de Sagrajas al ejército de Alfonso VI.
La batalla fue durísima y ambos bandos sufrieron numerosas bajas. Al-Mutamid y sus guerreros andalusíes aguantaron con valentía la arrolladora carga de la caballería pesada de Alfonso, cuando al principio del encuentro la suerte parecía favorecer a los cristianos, pero después Ibn Tasufin con la infantería almorávide flanqueó a las tropas leonesas y estos, viendo en peligro su retaguardia comenzaron a retirarse. Alfonso VI y sus aliados de Aragón corrieron a refugiarse en Toledo mientras los musulmanes reconquistaban las plazas de los alrededores que hacía poco habían sido ocupadas por el rey de León. Sin embargo Toledo quedó en manos de Alfonso, pues era una ciudad grande y allí se hizo fuerte. Se aproximaba el invierno y las maniobras militares cesaron, Yusuf Ibn Tasufin pensó que había terminado con su tarea al poner en fuga a los cristianos y recibió la triste noticia de la muerte de su hijo y heredero en África, por lo cual regresó por donde había venido.
Las consecuencias de la batalla de Sagrajas fueron desastrosas para Alfonso porque perdió el cobro de las parias y dejó de ostentar la hegemonía en la Península Ibérica; pero la suerte no le dio totalmente la espalda, pues conservó la importantísima ciudad de Toledo y poco después, en 1087, fue elegido papa el prior de Cluny, Odón de Chatillón, que tomó el nombre de Urbano II. Este nombramiento significó un impulso para la política europea de Alfonso VI. Había sufrido un fuerte golpe en Sagrajas pero los almorávides habían regresado a África y ahora, además de mantener excelentes relaciones con Hugo, abad de Cluny, el papa pertenecía también a esa misma orden monástica.
Le faltó tiempo a Urbano II para predicar una cruzada contra los musulmanes de Hispania, y por extensión contra los almorávides. A la llamada acuden muchos caballeros francos, entre ellos destacados nobles de Borgoña como Raimundo de Borgoña y Enrique de Borgoña que contraerán matrimonio con dos hijas de Alfonso, Urraca y Teresa. 
En este momento es cuando Alfonso VI decide verdaderamente cambiar de estrategia orientando la cruzada hacia la zona del levante. Repuesto de la derrota de Sagrajas, y con el apoyo papal, toma el castillo de Aledo, en Murcia, desde donde acosa a las Taifas andalusíes con renovado empeño. 
Al-Mutamid y los otros reyes de taifas sintieron miedo con estas novedades, pues sabían bien que Alfonso buscaba ahora la venganza y no pararía hasta destronarlos. Por esa razón el rey de Sevilla llamó de nuevo a Yufuf Ibn Tasufin para que le acompañase en una campaña contra los cristianos. Tasufín ya había empezado a hacerse un concepto muy negativo de los reyes de Al-Andalus, los consideraba poco piadosos y nada cumplidores con los preceptos del Islam; aún así acudió.
En 1088 Ibn Tasufin cruzó de nuevo el estrecho con su ejército de almorávides y en unión de los reyes de taifas se dirigió a la fortaleza de Aledo, bastión fronterizo de Alfonso desde donde amenazaba a los andalusíes. El asedio del castillo de Aledo fue largo y frustrante para los ejércitos musulmanes porque los cristianos no se rendían y combatían ala desesperada. De Murcia vinieron técnicos en poliorcética que construyeron máquinas e ingenios de asalto, pero todo fue inútil, los asediados resistían y la moral de los musulmanes decaía rápidamente dando lugar a disputas entre ellos. Lo que más daño hizo al bando asaltante fue la deserción de los reyes andalusíes que veían como se prolongaba la campaña sin resultados, mientras ellos estaban ausentes de sus dominios. En esas circunstancias Alfonso VI se presentó ante el castillo con un poderoso ejército y los almorávides viéndolo todo perdido se retiraron.
En 1089 daba la impresión de que Alfonso VI se iba a recuperar totalmente de los reveses sufridos y que en breve acabaría con la insolencia de Al-Mutamid. Tampoco le iba mal al otro lado de los Pirineos, sus relaciones con Borgoña eran inmejorables, muchos caballeros de aquellas tierras se habían desplazado a la Península Ibérica y le habían jurado fidelidad, el abad de Cluny y el papa le habían puesto como ejemplo de rey cristiano y animaban a cuantos quisieran hacer méritos ante Dios para que se uniesen a la cruzada del rey leonés.
En Europa se estaban produciendo cambios importantes y todos eran conscientes de ello; después de un período difícil y violento el nuevo papa Urbano II aparecía claramente como el líder indiscutible de toda la cristiandad y la orden de Cluny era el símbolo del enorme poder y riqueza que había acumulado la Iglesia. El poder religioso parecía estar imponiéndose sobre el poder terrenal, los reyes se inclinaban ante el papa y buscaban la simpatía de Hugo, abad de Cluny, uno de los hombres más influyentes de su tiempo.
No solo Alfonso estaba pendiente de los asuntos de Borgoña y en especial de Cluny, sino que la cuestión hispana interesaba también a los monjes de la lejana abadía, pues en 1086, uno de sus hermanos, Bernardo, había sido nombrado arzobispo de la recien conquistada ciudad de Toledo. Así estaban las cosas cuando el rey de León decidió hacer una donación extraordinaria como contribución a la mayor ecclesia de Cluny. Se trataba de algo nunca visto en aquellos tiempos y era un alarde de riqueza y liberalidad increíbles. La suma que Alfonso VI quería aportar al proyecto arquitectónico era de 10.000 talentos de oro, una cantidad tan desmesurada que en 1090 el propio abad Hugo viajó hasta Burgos para negociar la entrega.  El rey de León iba a contribuir a la construcción del lugar más santo de la Tierra, un trozo del reino de los cielos en este mundo.
Sin embargo ese mismo año de 1090 las cosas se torcieron de forma irremediable cuando Yusuf Ibn Tasufin desembarcó por tercera vez en la Península Ibérica dispuesto a destituir a todos los reyes de taifas y anexionarse todo el territorio de Al-Andalus. El emir almorávide pensaba que las taifas eran incapaces de defenderse a sí mismas, debido a su corrupción, su abandono de la recta religión y su falta de ánimo combativo. Creía que la pérdida de los territorios de Al-Andalus en manos de los cristianos era cuestión de poco tiempo y que su deber como buen musulmán era preservarlos en la verdadera fe.
Al-Mutamid fue destronado y enviado al exilio y los almorávides se hicieron dueños de todas las taifas. Con ello la suerte da un cambio definitivo para Alfonso VI ya que se verá obligado a permanecer a la defensiva durante el resto de su reinado y sufrirá varias derrotas en múltiples enfrentamientos con los africanos; la más dolorosa, la de Uclés, en el año 1108, durísima batalla en la que murió Sancho Alfonsez, hijo de Alfonso VI y heredero de las coronas de León y Castilla. A principios del verano del año siguiente moría el rey Alfonso, cansado de guerrear, con el reino amenazado por un enemigo implacable y sin un descendiente masculino al que entregar la corona. 
Aún así, el balance de su reinado no fue totalmente negativo. Es cierto que los almorávides sometieron a los reinos cristianos de la Península Ibérica a una época de violencia y lucha frenética que no se recordaba desde los tiempos de Al-Mansur, pero a cambio la Reconquista se orientó hacia levante, donde en el siglo venidero se pondrían las bases para la definitiva conquista del valle del Guadalquivir; por otra parte, Al-Andalus entraría con la invasión africana en una fase de inevitable decadencia cultural marcada por la imposición del fanatismo religioso. Además, la política europea de Alfonso VI no cayó en saco roto, sino que supuso la introducción de las tierras hispánicas en el escenario central de la cristiandad, del que habían estado aisladas, como zona periférica, durante  más de tres siglos. En 1095 el obispo de Compostela viajó hasta Cluny para consagrar la capilla dedicada a Santiago, con lo cual se establecía un vínculo entre el santuario del patrón de España y el mayor templo del mundo cristiano.

martes, 23 de junio de 2015

HISTORIA DE UN GRAN FRACASO.

El 28 de julio de 2014 se cumplieron 100 años del comienzo de la Primera Guerra Mundial; solo unos cuantos libros, algunas películas y un puñado de artículos recordaron el acontecimiento; también algunas ceremonias tuvieron lugar y alguna que otra cuidada declaración de algún prohombre que pasaba por allí; nada más.
Ha pasado un año desde este centenario y, como es evidente, no ha habido reflexión de importancia sobre aquel acontecimiento que cambió la Historia del mundo de forma dramática.

                   París despide a la caballería, 1914.

En estos dos últimos años he escrito varios artículos sobre aquella guerra y las consecuencias que tuvo para el mundo y Europa:
https://sites.google.com/site/temasdelahistoria/siglo-xx
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2014/06/aquellos-soldados-valientes.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2013/12/europa-sin-historia.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2013/12/el-miedo-de-europa.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2013/12/hacia-donde-nos-lleva-la-ue-i.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2013/12/hacia-donde-nos-lleva-la-ue-ii.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2014/01/hacia-donde-nos-lleva-la-ue-iii.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2014/01/hacia-donde-nos-lleva-la-ue-iv.html
http://comentariosdelahistoria.blogspot.com.es/2014/05/hacia-donde-nos-lleva-la-ue-v.html

En estos artículos trato muchos temas, pero el hilo conductor de todos ellos es que el mes de julio de 1914 supuso uno de los fracasos políticos y diplomáticos más grandes de la Historia, y que tuvo como consecuencia un período de desastres y convulsiones sociales y políticas que llegaron hasta 1945; acontecimientos que cambiaron la Historia y modelaron profundamente la Europa actual.
En efecto, julio de 1914 fue un terrible fracaso; de la misma manera que podemos decir que la sociedad europea actual es una sociedad fracasada. Por favor, no se muevan de sus asientos, no se dejen llevar por sus pasiones y sigan leyendo.
Los que provocaron el enfrentamiento bélico de 1914 son identificables por sus nombres. Aquella guerra no fue inevitable como se ha dicho; fue provocada por la ineptitud, la soberbia y la ambición de las clases dirigentes europeas de aquel tiempo; me refiero a aristócratas, políticos y hombres de negocios. Enviaron al frente a millones de hombres inocentes, manipulados, ingenuos e indefensos. No tuvieron escrúpulos al hacerlos avanzar hacia el enemigo bajo el fuego de las ametralladoras. Trataron con tanto desprecio a los soldados que no les permitieron siquiera convertirse en héroes; aquella fue una guerra sin héroes, se moría entre el fango y las alambradas a la semana de llegar al frente. Fue una guerra estúpida y sin sentido; perdonen ustedes que sea yo ahora quien da rienda suelta a las pasiones; pero, señores, es que no hay derecho.


La torpeza y la ambición de aquellos dirigentes provocaron este desastre. Podemos buscar diversas causas de carácter diplomático, económico, nacional, colonial; pero todas ellas dependen de las decisiones que tomaron un grupo de personas muy concreto, decisiones basadas estrictamente en los intereses personales o corporativos.
Y la consecuencia de la gran matanza fue la revolución. Pero la mayoría fue leal, las masas no se unieron a la revolución hasta que los abusos fueron inmensos; ¡cuánta fidelidad desperdiciada! Si hay una diferencia clara entre un europeo de 1914 y otro actual, es que aquel creía en el Estado y en quien lo dirigía; el europeo de hoy no cree en nada, solo en aquello que le hace sentirse bien consigo mismo.
La cadena de equivocaciones no se cortó aquí, sino que continuó durante décadas, como si la realidad quisiera desmentir a los ideólogos del Siglo XIX, cuando decían que Europa era la dueña del mundo por propio derecho. La revolución comenzó en el tramo más carcomido de la viga, es decir, en Rusia. Tras ser derrotados por los alemanes, los rusos comenzaron a buscar una alternativa que los salvase del desastre total; antes de que acabase la guerra, en febrero de 1917, estalló la revolución en toda Rusia y el zar Nicolas II tuvo que abdicar. Un gobierno provisional, respaldado por el parlamento, se hizo cargo de la situación, que corría velozmente hacia el caos. La situación fue aprovechada inteligentemente por Lenin y los socialistas radicales, que en octubre de aquel año, tras un golpe rápido y poco violento, se hicieron con el poder. Había nacido el primer Estado socialista, que al tener por espina dorsal a las asambleas de trabajadores (soviets), vino a llamarse socialismo comunista.
Sin embargo, el nuevo régimen ruso padecía una debilidad extrema, no solo porque una mayoría de la población le fuera hostil, sino porque aún se hallaba en guerra con Alemania. Así, Lenin se apresuró a firmar con los alemanes el tratado de paz de Brest-Litovsk en marzo de 1918, por el cual la nueva Unión Soviética perdía importantes territorios en el Oeste, que serían anexionados por Alemania y Turquía; además, Letonia, Estonia, Finlandia y Ucrania serían independientes.
Como recompensa a estas pérdidas, los comunistas esperaban que la revolución se propagase rápidamente por Centroeuropa, sobre todo por Alemania; pero estos cálculos no les salieron enteramente bien.

                   Reunión de la cúpula bolchevique con Lenin a la derecha.

Pocos meses después, en noviembre de 1918, se acordó un armisticio entre los Estados que aún continuaban combatiendo; de esta forma, las armas permanecieron quietas en el frente. El Imperio Alemán estaba absolutamente agotado y los vencedores, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, presentaron en enero de 1919 las condiciones de paz como única alternativa. Dichas condiciones eran durísimas para Alemania; suponían una pérdida importante de territorios, la entrega de la mayor parte del material militar y de toda la flota de guerra, la reducción drástica del ejército, la prohibición de fabricar armas, la supresión del servicio militar obligatorio, la entrega de toda la flota mercante alemana de gran tonelaje, la entrega anual de una flota con capacidad para transportar 200.000 toneladas como compensación por los daños causados, la entrega anual de 44 millones de toneladas de carbón, la mitad de la producción química y farmacéutica  durante cinco años, la expropiación de la propiedad alemana en los territorios perdidos y las colonias y el pago de 132.000 millones de marcos.

                De izquierda a derecha los mandatarios firmantes de las potencias vencedoras: Lloyd George, primer ministro de Gran Bretaña; Vittorio Orlando, presidente de Italia; Georges Clemenceau, presidente de Francia; y Woodrow Wilson, presidente de los EEUU.

Cualquiera puede darse cuenta de que las exigencias eran tan sumamente elevadas que era imposible satisfacerlas sin llevar a Alemania a la más absoluta ruina. Muchas voces entre los vencedores alertaron de ello y de los conflictos que podía generar. Sin embargo, parece evidente que la imposición de tales exigencias tenía un objetivo claro, que no era sino aniquilar el Estado alemán y mantener a toda Centroeuropa en el subdesarrollo y la dependencia económica.
Pero, ¿qué impulsó a Francia y Gran Bretaña a hacer esto? Es cierto que la brutalidad de la Primera Guerra Mundial fue terrible y que el deseo de revancha era muy fuerte, sobre todo en Francia, donde los sacrificios habían sido enormes. El gobierno francés tenía que demostrar a los franceses que tanto sufrimiento tenía una justificación; esa justificación era la aniquilación del enemigo, es decir, de Alemania, que había estado a punto de acabar con Francia en aquella guerra brutal.

                   Soldados franceses equipados para el frente.

¿Y Gran Bretaña?¿que razones tenía para buscar la desaparición del Estado alemán?, ¿no iba esto en contra de la política que había hecho en Europa en los dos últimos siglos y que consistía en mantener un equilibrio entre las potencias continentales, impidiendo que ninguna de ellas alcanzase la hegemonía militar? La destrucción del Estado alemán suponía la ruptura total de aquel equilibrio, ya que permitía a Francia adueñarse de toda Centroeuropa e imponer sus decisiones. Teniendo esto en cuenta, las razones de Gran Bretaña tenían que ver con el miedo a Alemania; es decir, los británicos pensaban que con Alemania era imposible mantener el equilibrio de fuerzas, que aquella política había terminado para siempre y comenzaba otra nueva en la que Europa pasaba a un segundo plano y el mundo quedaba repartido entre las dos grandes potencias coloniales, Francia y Gran Bretaña.
Los cálculos de los vencedores estaban absolutamente errados, sobre todo en relación a la nueva Unión Soviética. Los redactores del Tratado de Versalles creían que la Unión Soviética sería un Estado de cortísima vida, débil siempre e incapaz de exportar la revolución fuera de sus fronteras; sobre todo cuando, tras el motín de Kiel y la revolución socialista de noviembre de 1918 en Alemania, las revueltas fueron sofocadas con gran dureza. De esta manera, en febrero de 1919 la revolución socialista había fracasado en Alemania, pocos meses antes de que se firmara el Tratado de Versalles (28 de junio de 1919).
 
                 Combates en Berlín entre los soldados del gobierno y los revolucionarios.

En el verano de 1919 Francia y Gran Bretaña creían tener la situación controlada y sus objetivos alcanzados: El Imperio Alemán desaparecido, la República Alemana postrada, Centroeuropa descompuesta y arrodillada, y la Unión Soviética debatiéndose en sus querellas y purgas internas.
Versalles fue una nefasta solución a la Primera Guerra Mundial; una década después, en Alemania subía Hitler al poder y la Unión Soviética se convertía en una gran potencia militar con objetivos expansionistas. Dos revoluciones paralelas se impusieron en Europa, la socialista y la nacionalsocialista; el resultado fue la Segunda Guerra Mundial, al final de la cual, el continente quedó devastado y la civilización europea hundida en el fracaso más absoluto.
                        Berlín 1945.

Cuando el 17 de julio de 1945 se reunieron en Potsdam, cerca de Berlín, los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, eran conscientes de que Versalles había sido una grave equivocación; al menos Winston Churchill lo había comprendido desde hacía tiempo, calificando como suicida la política británica de entreguerras.
Potsdam fue un acuerdo muy diferente a Versalles; en principio, porque los Estados que participaron fueron otros; Francia estuvo ausente porque no fue realmente uno de los vencedores. Por otra parte, Gran Bretaña, quedó, a pesar de Curchill en un segundo plano con respecto a Estados Unidos y la Unión Soviética. Estas dos últimas potencias fueron las auténticas vencedoras de la guerra y las que se aprovecharon de los resultados de la misma; en Potsdam el mundo quedó dividido en dos bloques, cada uno de los cuales actuaban según los intereses de Estados Unidos y la Unión Soviética respectivamente; Europa quedó vencida y dividida; solo Gran Bretaña mantuvo cierto estatus como aliado preferente de Estados Unidos.

             Churchill, Truman y Stalin en Potsdam.

Como he explicado en otros artículos, la estrategia de Estados Unidos para evitar que la propaganda soviética echase raíces en la devastada Europa Occidental fue promover un sistema político basado en la socialdemocracia; es decir, un sistema de economía de mercado, pero con unas garantías de bienestar social como jamás habían existido en la Historia. Este sistema estaba alimentado artificialmente desde el principio; como muestra de ello veamos la inyección de capital que recibió Europa gracias al Plan Marshall:
Alemania Occidental (1.448 millones de dólares).
Francia (2.296 millones de dólares).
Reino Unido (3.297 millones de dólares).
Italia (1.204 millones de dólares).
Países Bajos (1.128 millones de dólares).
Bélgica y Luxemburgo (777 millones de dólares).
Dinamarca (385 millones de dólares).
Grecia (366 millones de dólares).
Suecia (347 millones de dólares).
Noruega (372 millones de dólares).
Suiza (250 millones de dólares).
Para ofrecer un frente compacto ante el bloque soviético se firmó en 1.951 el Tratado de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, y más tarde, en 1.957, el Tratado de Roma. Con estos pactos los Estados de Europa Occidental creaban una zona de libre comercio, que tendría la virtud de vincular los intereses de todos ellos y promover la colaboración en lugar de la rivalidad y la competencia.
Esta fórmula estratégica dio buen resultado, en principio porque los Estados de Europa Occidental se recuperaron económicamente con gran rapidez y las luchas sociales quedaron muy atenuadas; gobiernos, empresarios y sindicatos se comprometieron a no hacerse mucho daño entre ellos; hasta tal punto que las organizaciones sindicales se convirtieron en unos órganos más del Estado.
Aún así, lo que se denominó Guerra Fría, no fue fácil en absoluto; sobre todo cuando la propaganda soviética penetró en las universidades y los ambientes estudiantiles. El gran éxito de esta propaganda consistió en hacer creer a millones de personas que en el bloque soviético no existían diferencias sociales; es decir, que se trataba de una sociedad igualitaria.
A finales de la década de los 60 parecía que la Unión Soviética podía ganar la partida, pero pocos años después, el movimiento estudiantil se desgastó, y era evidente que la calidad de vida de la clase trabajadora europea era de las más altas del mundo. A finales de la década de los 80 la contrapropaganda puso en evidencia el atraso económico y social de la Unión Soviética, y así fueron desarrollándose los acontecimientos hasta que en 1.991 la U.R.S.S. desapareció.

 Fidel Castro y Kruschev en la Plaza Roja de Moscú.

El final de la Guerra Fría y de la política de bloques marcó el comienzo de un tiempo nuevo. El gran adversario había sido vencido y ahora el centro de interés internacional se había desplazado hacia el Próximo y Medio Oriente. En el plano estratégico Europa ya no era el punto más caliente del planeta, esto tuvo consecuencias económicas sociales y políticas importantes.
La socialdemocracia, que tan eficaz se había mostrado en otro tiempo, ya no era tan necesaria; las posiciones políticas comenzaron a polarizarse. Además, la socialdemocracia era un sistema que salía muy caro de mantener, pues solo era posible con unos impuestos muy altos en una economía próspera en la que la rentabilidad de inversores y empresarios fuese muy alta.
A finales del Siglo XX la perspectiva no era muy buena. En 1914 los Estados de Europa eran los dueños de la mayor parte del planeta, treinta años después Europa estaba devastada y había pasado a un segundo plano; por otra parte, la mitad del continente se encontraba bajo un régimen totalitario donde los individuos carecían de derechos. Era evidente que Europa, como civilización, había fracasado.
Sin embargo, la socialdemocracia y los tratados de cooperación europea habían construido una serie de estructuras económicas y políticas que estaban manejadas por una clase política que podemos llamar comunitaria. Esta clase había actuado de manera eficiente durante la política de bloques y había conseguido establecer una densa red de intereses comunes entre los Estados de Europa Occidental. Cuando a comienzos de la década de los 90 se produjo la desaparición de la Unión Soviética y la reunificación alemana, estos políticos comunitarios trazaron un plan para continuar manejando los hilos de la política europea; no por amor a ningún proyecto de unión de los pueblos de Europa, como asegura la retórica utilizada, sino por el simple y, en el fondo, más sano instinto de supervivencia.
Así, en 1992, inmediatamente después de la desaparición de la U.R.S.S., se firmó el Tratado de Maastricht, por el cual se dieron los primeros pasos hacia la construcción de un Estado federal provisto de una moneda única y un banco central europeo.
Fracaso de los grupos dirigentes europeos en el Siglo XX e instinto de supervivencia y audacia política en los grupos dirigentes de comienzos del Siglo XXI; historia de un continente caído en desgracia e historia de un futuro incierto. 

miércoles, 20 de mayo de 2015

RÍO NILO. IV

Todos hemos sentido inquietud en alguna ocasión, cuando intentando concebir la inmensidad del tiempo, hemos retrocedido en nuestra mente siglos, milenios atrás. Este ejercicio produce vértigo, una extraña sensación; cuando nos asomamos a la profundidad del pasado nos sentimos perdidos.
El tiempo pasa y unas cosas aparecen y otras desaparecen en una secuencia sin aparente fin; si hay algo seguro es que todo es perecedero.
Pero hubo una civilización que pretendió desafiar al tiempo, permanecer eternamente, ser inmutable; el tiempo podía ser inmenso, inabarcable, y sin embargo, aquellos humanos serían sus amos, lo tendrían sometido. Nos referimos a la civilización egipcia.
Los egipcios creían que los comienzos de su civilización se remontaban al mismísimo origen del tiempo, zep tepi lo llamaban; la Historia del mundo era la Historia de Egipto, ambas se confundían. Aún así, eran conscientes de la dificultad de recordar los orígenes de su civilización; era un tiempo demasiado lejano y muchas cosas se habían olvidado. Se habían recogido unas listas de reyes, que al menos llegaban hasta 3.000 a. C., pero el recuerdo de los acontecimientos anteriores a este tiempo era confuso, poco preciso y mítico. Sin temor a equivocarnos, podemos decir que los egipcios, que creían pertenecer a una civilización eterna, desconocían el origen de la misma.

Desiertos del Sahara, Libia y Egipto.

Hace 11.000 años los hielos de la última glaciación retrocedieron en todo el planeta y esto trajo consigo una serie de cambios climáticos que afectaron de diversa forma a las distintas zonas del mundo.
En África, la franja territorial del clima tropical húmedo se ensanchó considerablemente, debido a lo cual, en lo que hoy en día son los desiertos del Sahara, Libia y Egipto se estableció un régimen de precipitaciones caracterizado por una estación seca y otra lluviosa. Durante ésta última, las precipitaciones eran abundantes, permitiendo la existencia de una vegetación herbácea, salpicada de bosquecillos y zonas de matorral. Una variada fauna de herbívoros se alimentaba de esta masa vegetal; abundaban las gacelas, los antílopes, los asnos salvajes, las jirafas y los elefantes. En las pinturas rupestres del macizo sahariano de Tassili N,ajjer han quedado bellos testimonios de aquella diversa fauna.

 Pinturas rupestres de Tassili N,ajjer, Argelia.

5.000 años a. C. el Norte de África estaba habitado  por comunidades de ganaderos y agricultores que aprovechaban los recursos naturales de aquella inmensa sabana; esto también está representado en las pinturas de Tassili N,ajjer.

             Pintura rupestre de Tassili N,ajjer, Argelia.

En estas pinturas puede verse a ganaderos de vacuno que complementan su alimentación con la caza de cabras y antílopes. La hierba era, sin duda, el recurso más abundante en aquel medio, que en absoluto podía calificarse de seco. Dado que el Norte de África es abundante en zonas de endorreismo, las lagunas y zonas pantanosas eran habituales en todo el territorio, contribuyendo este fenómeno a la abundancia de recursos hídricos que eran aprovechados por aquellos pobladores.
Sin embargo, las condiciones climáticas volvieron a cambiar en aquella época; aproximadamente en 5.000 a. C., la franja climática del tropical húmedo comenzó a estrecharse de nuevo y la estación de las lluvias se redujo paulatinamente, de manera que cada vez era más corta y traía menos precipitaciones. Los pastos fueron desapareciendo poco a poco y los reemplazó una reseca estepa primero y después el desierto.
Las comunidades humanas sometidas a este proceso de cambio climático afrontaron como pudieron lo que cada vez se parecía más a una catástrofe. En el VI milenio a. C. unas comunidades de ganaderos y agricultores asentados a unos 100 km al Oeste de Abú Simbel parecían ya muy preocupados por saber el momento exacto de la llegada de la estación de las lluvias. Vivían en un lugar conocido como Playa Nabta, donde las aguas de lluvia formaban una laguna. No obstante, si las lluvias se retrasaban o no llegaban, la comunidad entera se encontraba al borde del hambre; tan delicado era el equilibrio con el medio.
Hoy en día Paya Nabta es un feroz desierto, pero en aquel tiempo albergaba una numerosa población que intentaba adaptarse a un clima cada vez más seco. Para saber cual era el momento exacto de la llegada de las lluvias, construyeron un calendario formado por un círculo de piedras en cuyo interior se dispusieron otras alineadas que señalaban los solsticios y los equinoccios.

                   Círculo de piedras de Playa Nabta.

Todos los esfuerzos de los habitantes de Playa Nabta para sobrevivir en aquel lugar fueron inútiles, porque el desierto continuó avanzando año tras año. Entre 5.000 y 4.000 a. C. la inmensa mayoría de las comunidades que vivían en el Sahara se vieron obligadas a abandonar la zona; unos emigraron hacia el Norte, hacia la costa del Mediterráneo, donde el clima era más húmedo y permitía la agricultura de los cereales; otros emigraron hacia el Sur, hacia el Sahel, donde la estación de las lluvias todavía permitía el crecimiento de pastos para el ganado; y otros muchos emigraron hacia las orillas del río Nilo.



A finales del VI milenio ya había población asentada el el Bajo Egipto; es decir, los asentamientos comenzaron antes del proceso de desertización del Norte de África. En el Fayum, al Oeste de el Cairo, se establecieron grupos de agricultores y ganaderos junto al lago Birket Qarun, del cual aprovechaban los recursos pesqueros.
También en el Delta y cerca de el Fayum se han hallado poblados compuestos por cabañas ovales cuyos habitantes criaban vacas, ovejas, cabras y cerdos; además, cazaban hipopótamos y cocodrilos.
A comienzos del IV milenio la población establecida a orillas del Nilo era numerosa; procedente en gran parte de las zonas desérticas del Sahara y Libia; aunque también se registra un flujo de inmigrantes procedentes del Sinaí y Siria. En Naqada, al Norte de Luxor, en el Alto Egipto, se desarrolló una cultura de agricultores y ganaderos que políticamente se organizó en estados gobernados por reyes hacia 3.500 a. C. También por las mismas fechas aparecen los primeros Estados en el Bajo Egipto; todos ellos son pequeños territorialmente hablando y, por lo que parece, a menudo se encuentran en guerra entre sí.
En el cuchillo de sílex y mango de marfil encontrado en Djebel-el-Arak (colección de Louvre), Alto Egipto, puede verse una decoración que representa una enconada lucha entre dos pueblos; parte del combate se desarrolla en el río, donde flotan unas barcas. En la cara opuesta del mango se representa a un rey poderoso que domina a dos leones.

                                Cuchillo de sílex de Djebel-el-Arak.

Sin duda, la guerra entre las distintas comunidades asentadas a orillas del Nilo fue una de las razones de la aparición de estos reyes guerreros, cuyas principales cualidades eran el valor y la fuerza. Estos reyes gustaban de ser representados como grandes vencedores; así lo vemos en la paleta ritual de tocador denominada Paleta de la Caza del León, donde el rey, armado con arco, abate a un león, acompañado de un séquito de guerreros con cola de chacal; aunque aparentemente parezca una escena de caza se trata de una escena política y militar, en la que aparece una coalición de varios pueblos, cuyos símbolos totémicos, el ibex, el avestruz, la cabra, el ciervo y el chacal, desfilan entre las dos hileras de soldados; el león vencido representa probablemente a un príncipe de la ciudad de Menfis.


Paleta de la Caza del León.

Estas paletas de tocador, talladas en pizarra y lutolita, y de carácter conmemorativo, eran utilizadas en las ceremonias por aquellos reyes de IV milenio, y en todas se representan los animales totémicos de aquellos pequeños reinos. En otra, conocida como Paleta del León Vencedor (Museo Británico, Londres), el mismo león, con la ayuda de los alcones, derrota a unos guerreros desnudos y chupa la sangre de uno que probablemente debe ser el jefe.

                     Paleta del León Vencedor.

En otra paleta conocida como Toro del Gran Poder (colección del Louvre), procedente de Abydos, el totem del toro del gran poder, título que más tarde adoptaron los faraones, cornea a un enemigo, mientras en la parte inferior puede verse una ciudad amurallada cuyo símbolo es el león, que inicia el inventario de los pueblos conquistados; en la otra cara están representados los estandartes de los aliados del Toro que poseen brazos que agarran la cuerda con la que cautivan a los enemigos.

                Paleta del Toro del Gran Poder.

Estos príncipes del Alto y el Bajo Egipto dirigen sus pequeños reinos durante la etapa final del período denominado Predinástico, que abarca desde comienzos del IV milenio hasta 3.100 a. C. aproximadamente. Este es el período en el que se introduce en Egipto la metalurgia del cobre, procedente de Asia con probabilidad.
Pero, no solo la guerra entregó el poder a estos príncipes del Nilo; también lo hizo el deseo de aumentar la producción. Desde comienzos del IV milenio la población aumentó considerablemente a orillas del río; muchos pastores nómadas se habían establecido recientemente junto a aquella fuente de agua. Por otra parte, a mediados del IV milenio aparecieron grupos sociales que no producían alimentos; eran metalúrgicos, alfareros, canteros, panaderos, comerciantes, sacerdotes, administradores del palacio y profesionales de la guerra; a todos ellos había que alimentarlos, y para eso era necesario aumentar la producción agrícola. Además, los cereales y las legumbres eran el único recurso abundante en Egipto para ser intercambiado por materias primas que escaseaban; sobre todo la madera.
El problema era que las orillas del Nilo por sí mismas no eran favorables a la agricultura; estaban ocupadas en buena parte por pantanos y lagunas; la maleza era espesa y en ella habitaban animales feroces, como el hipopótamo, el cocodrilo y el león. El río Nilo se desbordaba todos los años a finales del verano como consecuencia de la estación de las lluvias en África central, y la inundación era catastrófica para los campos si no se la controlaba adecuadamente.
Así, las poblaciones establecidas a orillas del río debieron desbrozar la maleza y ahuyentar a los animales salvajes primero; después debieron desecar los humedales y construir diques y canales para controlar la inundación. Para organizar y dirigir estas grandes obras surgieron caudillos que poco a poco fueron acumulando un poder que pronto legitimaron gracias a las creencias religiosas; las buenas o malas cosechas se vincularon muy pronto a la capacidad de aquellos reyes para establecer vínculos con los dioses y restablecer el equilibrio en el mundo cuando este amenazaba ser roto por las fuerzas destructoras de la naturaleza. El rey, por tanto, era una especie de guerrero místico, que vencía a todos los peligros gracias al favor de la divinidad.
Desde un principio, antes aún del IV milenio, los pobladores del Nilo se dedicaron a observar el Nilo; de esta forma, dividieron el año en tres estaciones:

  1. Ajet. Estación de la Inundación. Finales del verano y otoño.
  2. Peret. Estación de la Siembra. Invierno y principio de la primavera.
  3. Shemu. Estación de la Recolección. Finales de la primavera y principios del verano.
Para saber con exactitud cuando comenzaría la inundación, los egipcios estudiaron el lugar que ocupaba el Sol en el cielo cada día, situando el día exacto el 29 de agosto, fecha en la que debía estar terminada la recolección y los diques y canales preparados.
El Nilo, no solo regaba los campos, sino que también depositaba un fino limo muy rico en nutrientes que abonaba la tierra. De esta forma, una vez controlada la inundación, los campos de Egipto proporcionaban abundantes cosechas; era la tierra más fértil jamás conocida.

Campos del delta del Nilo.

Aquellos reyes de finales del período Predinástico aparecieron ante todos como los únicos que podían interceder para que la inundación no fuese ni escasa ni excesiva; si no era moderada, sobre Egipto se cernía el hambre y la muerte. Pero también ellos fueron los encargados de guardar los excedentes de los años de bonanza para administrarlos sabiamente y redistribuirlos en los años de escasez; mantenían un equilibrio que a menudo era precario.
Hacia 3.500 a. C. destacaban dos grandes centros urbanos a orillas del Nilo; en el Bajo Egipto, la ciudad de Buto; en el Alto Egipto, la ciudad de Nejen, llamada Hierakompolis por los griegos.



En Hierakompolis había un templo donde se le ofrecían sacrificios de animales a Horus, el dios halcón. El templo estaba construido con pilares de madera importada, y la ciudad era conocida como ciudad del halcón.

Templo de Horus en Hierakompolis.


                 Maqueta del templo predinástico de Horus en Hierakompolis.

Hierakompolis era con seguridad la ciudad más importante a orillas del Nilo hacia 3.500 a. C.; en ella vivían una gran cantidad de artesanos y participaba en el comercio de larga distancia a través de rutas que la comunicaban con el Delta y Asia. Hacia 3.250 a. C. aproximadamente, en Hierakompolis había un rey que había conseguido ya identificarse con Horus, el dios halcón. Sabemos que este rey era conocido como Horus Escorpión y que se encargaba de organizar los grandes proyectos para la mejora de la irrigación como puede verse en una maza votiva que fue encontrada en un depósito del templo de Horus de Hierakompolis, reconstruido por Tutmosis III.

                Maza del Rey Escorpión.

En la maza votiva de piedra caliza puede verse al rey Escorpión tocado con la corona del Alto Egipto, portando el rabo de toro y empuñando una azada, con la que se dispone a hacer la apertura ritual de un canal; su nombre aparece frente a su rostro en la forma de un escorpión. En la parte superior de la maza aparecen unas pértigas que representan a los pueblos vencidos por el rey.
Que Escorpión era rey en Hierakompolis hacia 3.250 a. C. es algo de lo que no cabe duda, pero su reino abarcaba un territorio más amplio, pues también incluía la ciudad de Abydos, situada más al Norte. En Abydos también se rendía culto a Horus, el dios halcón y a su padre Osiris, que según el mito fue rey de Abydos en los tiempos en que los dioses gobernaron en Egipto. Sea como fuere, Horus era el dios tutelar de ambas ciudades, y esto puede indicar que la relación entre ellas era ya antigua en tiempos del rey Horus Escorpión.

                            Estela del faraón Djet (serpiente), I dinastía. Horus sobre la ciudad de Abydos.

No sabemos si Horus Escorpión fue rey desde un principio de Abydos e Hierakompolis, o partiendo de una de las dos, se adueñó más tarde de la otra. En todo caso, era un rey guerrero que consiguió someter todo el Alto Egipto. La conquista que lo elevó a la supremacía sobre toda la región fue la de la ciudad de Naqada, situada en el centro de una gran curva del curso del Nilo en el Alto Egipto; Abydos se encuentra en el sector Norte de esta curva, mientras que Hierakompolis está más al Sur.


Naqada era un importante centro comercial que controlaba varias rutas que convergían en la zona. Escorpión debió bajar desde Abydos y atravesar el desierto hasta Naqada, actuando con las dotes propias de un gran general. En un lugar del desierto cercano a Naqada, Escorpión ordenó hacer unas inscripciones conmemorativas de su gran victoria; el lugar es conocido con el nombre de Gebel Tjauti. Estas inscripciones conmemorativas, llamadas por los arqueólogos Retablo de Horus Escorpión, están grabadas en un abrigo de la montaña del desierto, y representan en una primera escena al halcón sobre el escorpión, símbolo del rey victorioso.

                  Reproducción gráfica del Retablo de Horus Escorpión.

A la izquierda de estos símbolos, puede verse a un sacerdote participando en una procesión religiosa.

                       Ceremonia religiosa del Retablo de Horus Escorpión.

Más a la izquierda aún aparece el rey empuñando una maza y sujetando a un cautivo con una cuerda; imagen que precede iconográficamente a la del rey Narmer en su paleta votiva.

  Horus Escorpión con maza y cautivo.

Junto al cautivo se ve un símbolo que lo identifica, la cabeza de un toro, que con probabilidad se refiere al rey de Naqada.
Con aquella gran victoria, Escorpión se convirtió en el rey más poderoso del Alto Egipto y cobraba tributos a todos los habitantes de este país. Estos tributos eran almacenados en un palacio de ladrillo que construyó en Hierakompolis; el edificio era de gran tamaño y poseía numerosas habitaciones.

                  Reconstrucción del palacio de Hierakompolis hacia 3.250 a. C.

Para llevar la contabilidad de todos los tributos que recaudaba en su extenso reino, Horus Escorpión se vio obligado a crear un sistema de símbolos, gracias al cual podía saber de dónde procedía y quién había tributado cada producto almacenado. Sabemos que esto fue así gracias al hallazgo de la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

                  Tumba de Horus Escorpión en Abydos.

No sabemos por qué causa Horus Escorpión decidió enterrarse en Abydos, lo cierto es que muchos otros lo imitaron después durante el período Predinástico y durante la I Dinastía. La tumba, que consiste en una gran fosa rectangular revestida de ladrillo, está provista de tabiques interiores que limitan doce habitáculos que se comunican entre sí a través de rendijas a modo estrechas puertas. Toda la construcción era una réplica del palacio real, y la intención de esta obra fue que sirviese de morada eterna para el difunto. Fue tapada después con un túmulo de tierra, y se convirtió en el modelo de tumba de los siguientes reyes del Egipto Predinástico; con la misma estructura se construyeron después las tumbas de mastaba, que pasando el tiempo dieron lugar a las pirámides.
El ajuar de la tumba de Horus Escorpión debió ser muy rico, pero ya fue saqueado en la antigüedad; no obstante, cuando fue excavada la tumba por el arqueólogo alemán Günter Dreyer, se encontraron muchos objetos que aún permanecían en el mismo lugar donde fueron depositados. En una de las salas se guardaban cientos de vasijas de importación, procedentes de Siria, que en su día contuvieron vino, aceite y grano para la vida de ultratumba del rey. En otras vasijas aparece dibujado el símbolo del escorpión, identificando al propietario de la tumba. Este símbolo demuestra inequívocamente que el rey Escorpión gobernó en el Alto Egipto hace 5.250 años; también queda demostrado que existían relaciones comerciales entre el Nilo y Siria en aquella lejana época.


Vasija encontrada en la tumba de Horus Escorpión en Abydos.


Otro objeto que se encontró en la tumba fue un cetro de marfil con forma de cayado, bastón que utilizan habitualmente los pastores y que sería uno de los símbolos del poder de los faraones durante toda la Historia de Egipto. La identificación del rey con el pastor se basa en un paralelismo entre ambos; de la misma manera que el pastor protege y conduce el ganado hasta el agua y el pasto, el rey protege y conduce al pueblo hacia la prosperidad.

                 Cetro encontrado en la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

Efectivamente, hacia 3.250 a. C. un rey que dominaba todo el Alto Egipto se había identificado con los principales símbolos de los faraones posteriores; se tocaba con la corona blanca, empuñaba la maza de piedra contra los enemigos vencidos, había adoptado el nombre del dios Horus y se mostraba ante todos con el cetro en forma de cayado.
Pero, lo más sorprendente que llevó a cabo aquel rey fue crear una administración capaz de llevar la contabilidad del Estado y elaborar documentos que certificasen los asuntos. En la tumba de Abydos se encontraron 160 tablillas de hueso y marfil del tamaño de un sello postal con imágenes grabadas y un agujero para pasar a través de él un cordón que permitiese atarlas a objetos diversos. Estas tablillas serían etiquetas donde estuviese anotada la procedencia de las cajas o vasijas a las que iban atadas. Diciéndolo de otro modo, las tablillas eran etiquetas que informaban sobre la procedencia de los tributos que eran entregados al rey; es decir, quién los entregaba y de donde venían.

                Etiquetas de la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

Los símbolos de estas etiquetas son el primer ejemplo de escritura jeroglífica del que tenemos noticia y suponen un código en el cual cada imagen significa un concepto o una sílaba que componen palabras o grupos de palabras con significado. Por ejemplo, la siguiente etiqueta, donde se representa a un elefante en las montañas, tiene un valor fonético equivalente a la palabra Abydos.

                 Etiqueta de la tumba de Horus Escorpión en Abydos.

Los resultados del C-14 para estas etiquetas dan una fecha alrededor de 3.250 a. C. En aquel lejano tiempo ya había un rey que cobraba tributos en todo el Alto Egipto, como puede comprobarse en lo que dicen aquellos primeros símbolos jeroglíficos. Unos funcionarios reales se encargaron de establecer este código y cuidar de que se utilizase adecuadamente para llevar una contabilidad eficaz.
En el depósito del templo de Hierakompolis, restaurado en el Imperio Nuevo, junto a la maza votiva de Horus Escorpión se encontró otro objeto ritual que perteneció a otro rey, Narmer. El objeto consistía en una paleta de tocador de pizarra, ricamente esculpida con unas escenas que recuerdan claramente a las del retablo de Horus Escorpión.
En una de las caras puede verse al rey en una imagen clásica empuñando la maza y disponiéndose a descargarla sobre la cabeza de un enemigo arrodillado; tras él, la curiosa imagen de un sirviente que lleva al rey el calzado y un botijo, exacto a los que se fabrican hoy en día en España. Sobre el vencido puede verse al halcón de Horus que lleva cautivo por la nariz a un prisionero del que brotan plantas de papiro, símbolo del Bajo Egipto; en la banda de abajo están representados los enemigos muertos en la batalla.
Esta cara de la paleta ha sido interpretada como la conmemoración de una gran batalla en la cual Narmer salió victorioso y que le permitió conquistar el Bajo Egipto; según esto, Narmer sería el unificador de los dos reinos y el primer faraón de Egipto.

               Paleta de Narmer.

En la cara opuesta de la paleta pueden verse en el centro dos leones con los cuellos enlazados y sujetados por cuerdas, que parecen simbolizar la unión de los dos reinos, el Bajo y el Alto Egipto. Por encima, aparece el rey ciñendo la corona roja del Bajo Egipto y participando en una procesión donde desfilan varios estandartes; frente a él están representados los vencidos, que han sido decapitados. En la banda de abajo aparece un símbolo que ya era un clásico en tiempos de Narmer, el toro cornea al enemigo.

            Paleta de Narmer.

Narmer se enterró muy cerca de Horus Escorpión, en Abydos, en un lugar que hoy es conocido como Umm el-Qaab, que significa "la madre de las vasijas" por la enorme cantidad de restos de cerámica que allí se encuentran.


                        Tumba de Narmer.

En Umm el-Qaab se enterraron varios reyes del período Predinástico y algunos más de la I Dinastía; todos ellos construyeron tumbas que seguían el esquema de Horus Escorpión; una fosa revestida de ladrillo en la que puede haber varias habitaciones separadas por tabiques. En los alrededores de la tumba de Narmer se encontró una etiqueta de marfil, semejante a las que se hallaron en la tumba de Horus Escorpión; su utilidad también era la de ser un recibo de tributos entregados por los diferentes territorios del reino. En este caso, en la etiqueta se había grabado una escena muy parecida a la de la Paleta de Narmer. Es evidente que en esta etiqueta concreta se quiso registrar el año en el que se pagó el tributo, y la forma de indicarlo fue representar un acontecimiento importante que ocurrió justamente en aquel año.


                          Etiqueta de Narmer.

La etiqueta representa una victoria del rey Narmer sobre los pueblos del Delta, es decir, hace referencia al mismo acontecimiento histórico que se recuerda en la paleta votiva del rey. Si es así, y todo parece confirmarlo, Narmer, rey del Alto Egipto, tras una cruenta guerra, conquistó el Bajo Egipto y unió ambos reinos; sería el primer faraón de la Historia.
No obstante, Manetón, sacerdote de Ra, escribió en el Siglo III a. C. una obra llamada Aegyptíaka, en la cual establece treinta dinastías de reyes en Egipto y, según él, el primer faraón de la I Dinastía fue Menes, unificador de los dos reinos del Bajo y del Alto Egipto e iniciador de aquel poderoso Estado que perduró casi 3.000 años.
Algunos egiptólogos identifican a Menes con Narmer, otros, sin embargo, creen que fueron reyes diferentes. Si estos últimos tienen razón, Narmer perteneció a la denominada Dinastía 0, compuesta por reyes anteriores a la lista de Manetón. Pero como hemos visto, Narmer obtuvo una gran victoria sobre los habitantes del Bajo Egipto. ¿Fue una victoria definitiva?¿O fue Menes el auténtico unificador del reino? En todo caso, para los partidarios de identificar ambos personajes no existe el problema, Narmer no pertenecería a la Dinastía 0, sino a la I Dinastía.
Lo cierto es que Narmer se enterró en Abydos, señalándose como sucesor de Horus Escorpión. Como hemos dicho anteriormente, Horus Escorpión vivió alrededor de 3.250 a. C.; si Narmer y Menes son el mismo, esto fue 150 años después; es evidente que entre Horus Escorpión y Narmer hubo varios reyes, los de la Dinastía 0.
Quizás la unificación de Egipto no fuese repentina, producto de una gran batalla, sino de un proceso que duró más de un siglo. De lo que no cabe duda es de que dicho proceso a veces fue violento; pero también fue pacífico, se consolidó a través de los intercambios comerciales y culturales.
A menudo se pone a Egipto como ejemplo de civilización estática, que apenas si cambió a lo largo del tiempo; pero esto es inexacto. La civilización egipcia fue el resultado de la mezcla de las culturas y creencias de multitud de pueblos que acudieron a las orillas del Nilo, buscando un recurso que era escaso en el desierto: el agua. Fue un proceso lento que duró 1.000 años, y cuya etapa más visible fue la última, la de la unificación política, entre 3.300 y 3.100 a. C.